Entré en el bar
y ni un triste ¡hola!
que rompiera el silencio.
Al lado
unos de otros
como un número, ajenos
al tiempo y espacio
que unirnos quisieron.
Y yo
rompiendo los muros
del miedo defiendo,
postura la mía
sentado en mi asiento.
Cruzando miradas
perdidas al viento
y recibiendo por pago
el duro silencio.
Mas hecho ya
a estos trabajos.
Miro al frente
al tiempo esperando
que pase a su ritmo,
sin pena ni gloria.
Indiferencia.
Nuevo esperanto.