kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
NUEVO
Sinceramente no me creo que lo nuevo fuera Dios.
Dicen que lo nuevo pudo ser un estanque inmóvil
que daba mate al tiempo.
Hablamos de un vacío perenne, sin herencia,
que siempre estuvo ahí, un estanque
que empachado de tanta calma pura de pronto enfureció.
Como cuando te palpas la muela del juicio frente al espejo
y sin aviso el rostro se te amorfa
y se abren en tu piel las puertas de Magritte.
Observar la materia viva de nuestros rostros lo transmuta todo
porque el Yo se nos parte por la mitad.
Quizá Dios fuera una mirada virtual del propio estanque,
una mirada dura que duró suficiente
como para montar este tinglado.
Mientras sigo meando las 10 cervezas
que amenazan con estallar mi barrica
deslizo lentamente mi mano que aguanta la puerta del váter
hasta descubrir los últimos versos escritos en su contrachapado.
Tras de ti tienes un espejo. Mírate de una puta vez
y metamorfoséate en el reflejo del olvido.
Vaya mierda de cierre para unos versos que prometían,
pienso, mientras me subo la bragueta.
La bombilla comienza a parpadear por mí.
Suena el bueno de Neil Young en la sala
y escucho a la gente despedirse.
Hace tiempo comprendí que en cada despedida
subyace lo fecundo
frente al desierto del saludo cordial.
Y me siento pesado sintiéndome de más: la tristeza.
No hablo del sabor a membrillo de la melancolía
ni tampoco de la nostalgia que me sabe a romero.
La tristeza no sabe a nada, es una espina: solo duele.
Por cierto, qué bien marida la tristeza
con este réquiem de vómitos y orines.
Aprecio mucho la jodida náusea que me provoca este lugar,
y es que me salva, por un rato, de la anhedonia castrense
que sedó al animal que reinaba en mi selva.
Me siento sobre el váter con el descontrol postural
de un anciano con diez luxaciones de alma y una crónica anunciada
y frente a mí contemplo cómo desde el espejo
me escruta indolente un tipo al que no conozco de nada.
La bombilla espacia cada vez más sus golpes de luz
y a cada fotograma esa persona va aniñando su rostro
y me parece escuchar a lo lejos el rumor del mar.
Señor, ¿qué dice del mar?, ¿no se da cuenta
de que es su vecino meando en el váter de al lado?
¡Calla, niñato! ¡¿Tú quién cojones eres?!, le pregunto,
y me responde: Te has convertido en una hoja vieja de roble
arrastrada por el torrente, ¡¡cuando te tocaba ser un puto salmón!!
Todo lo viejo está entrelazado con lo nuevo...
Y de pronto en el espejo se me aparece
un niño rubio que pedalea en su triciclo de faritos azules.
Yo sé que ese niño tiene un miedo terrible
a las oscuridades del mundo,
pero irá aprendiendo a hacer fuego
bajo el edredón de su infancia.
Al poco, se refugia en los bosques que gotean sus silencios,
siempre agarrado de la mano de su abuelo.
¿Por qué lo llamarían abuelo
siendo como era su mejor amigo?
La soledad, la deliciosa soledad, atravesando su pecho blanco
y la embriagada dispersión a la que juzgaban como despiste.
Un superpoder al que culpó de todos sus males
dejándolo amordazado en su costado derecho.
Frágil como un capullo que no termina de florecer
reinició su existencia y descubrió las barras de los bares,
las costas saladas y el mar de fondo de los otros cuerpos.
Ese joven, de pronto, se hizo hombre frente a una serpiente de ceniza.
La gente se le acercaba y le besaba la frente,
la frente de su padre.
Después de matarlo todo cambió para él.
Y nadie supo de aquello, ni nadie tuvo por qué saber.
Es como si la gente que cruzase la Gran Vía un viernes cualquiera
comprendiese que el abrigo que te cubre lo heredaste del cielo.
Después llegó Madrid y la deuda con los versos no escritos
y también… un cuarto por la mitad.
Maravillosos compañeros, decepciones, saliva,
frascas de vino y sabanas sin contexto.
Un frenazo por la vida en una carretera de Lugo.
Y cuando el chaval estaba ya sentado en la barca
con los remos bien empuñados
apareció un alma de esas endémicas
que ni el jodido Lineo tenía en su libreta taxonómica,
y lo agarró con fuerza por el brazo
y comenzaron juntos a remar,
así, sin más, y sin rumbo fijo.
Y de aquello, dos duendes y un propósito:
liberar al superpoder que tenía amordazado en el costado.
Y llegaron los corazones sin coraza de lágrimas impúdicas
y esta isla llamada libertad…
Y la bombilla repentinamente deja de latir.
Me quedo un rato respirando en la oscuridad de mi miedo,
pero ya no tengo tanto miedo.
Están fregando. ¡Vete ya, puto borracho!
Es curioso, solo me han llamado borracho dos veces en mi vida:
Hoy, y en aquel noviembre de hace veintitrés años
en el que lo había vomitado todo
salvo mi tristeza.
Y en los dos casos tengo la impresión de haber sido protagonista
de cruzar sin vuelta atrás el umbral de lo que fui.
Llámenme más veces «borracho», por favor.
En esta madrugada comprendo lo irrenunciable
que resulta el aullido del corazón.
Y en el justo momento en el que la ciudad entera
parece entregarse a mí
los brazos mecánicos de un camión de la basura
me agarran con violencia por el pecho
y en un chasquido de dedos me colocan boca abajo
y veo caer los cartones de mis malas noches,
los cristales de aquellos vidrios
y el plástico de cocina que envuelve mi piel.
Y me giran de nuevo a toda hostia posándome sobre un charco.
Bajo lentamente la mirada al piso. ¡Aquí estás, compañero!,
¡nuevo de nuevo!, por fin, nuevo...
Y un salmón remonta la corriente que baja por la calle.
Perdón, caballero, ¿qué dice de salmón?
Calla, capullo, y florece
que ya es hora
Kalkbadan
Madrid, 22 de enero de 2022
Sinceramente no me creo que lo nuevo fuera Dios.
Dicen que lo nuevo pudo ser un estanque inmóvil
que daba mate al tiempo.
Hablamos de un vacío perenne, sin herencia,
que siempre estuvo ahí, un estanque
que empachado de tanta calma pura de pronto enfureció.
Como cuando te palpas la muela del juicio frente al espejo
y sin aviso el rostro se te amorfa
y se abren en tu piel las puertas de Magritte.
Observar la materia viva de nuestros rostros lo transmuta todo
porque el Yo se nos parte por la mitad.
Quizá Dios fuera una mirada virtual del propio estanque,
una mirada dura que duró suficiente
como para montar este tinglado.
Mientras sigo meando las 10 cervezas
que amenazan con estallar mi barrica
deslizo lentamente mi mano que aguanta la puerta del váter
hasta descubrir los últimos versos escritos en su contrachapado.
Tras de ti tienes un espejo. Mírate de una puta vez
y metamorfoséate en el reflejo del olvido.
Vaya mierda de cierre para unos versos que prometían,
pienso, mientras me subo la bragueta.
La bombilla comienza a parpadear por mí.
Suena el bueno de Neil Young en la sala
y escucho a la gente despedirse.
Hace tiempo comprendí que en cada despedida
subyace lo fecundo
frente al desierto del saludo cordial.
Y me siento pesado sintiéndome de más: la tristeza.
No hablo del sabor a membrillo de la melancolía
ni tampoco de la nostalgia que me sabe a romero.
La tristeza no sabe a nada, es una espina: solo duele.
Por cierto, qué bien marida la tristeza
con este réquiem de vómitos y orines.
Aprecio mucho la jodida náusea que me provoca este lugar,
y es que me salva, por un rato, de la anhedonia castrense
que sedó al animal que reinaba en mi selva.
Me siento sobre el váter con el descontrol postural
de un anciano con diez luxaciones de alma y una crónica anunciada
y frente a mí contemplo cómo desde el espejo
me escruta indolente un tipo al que no conozco de nada.
La bombilla espacia cada vez más sus golpes de luz
y a cada fotograma esa persona va aniñando su rostro
y me parece escuchar a lo lejos el rumor del mar.
Señor, ¿qué dice del mar?, ¿no se da cuenta
de que es su vecino meando en el váter de al lado?
¡Calla, niñato! ¡¿Tú quién cojones eres?!, le pregunto,
y me responde: Te has convertido en una hoja vieja de roble
arrastrada por el torrente, ¡¡cuando te tocaba ser un puto salmón!!
Todo lo viejo está entrelazado con lo nuevo...
Y de pronto en el espejo se me aparece
un niño rubio que pedalea en su triciclo de faritos azules.
Yo sé que ese niño tiene un miedo terrible
a las oscuridades del mundo,
pero irá aprendiendo a hacer fuego
bajo el edredón de su infancia.
Al poco, se refugia en los bosques que gotean sus silencios,
siempre agarrado de la mano de su abuelo.
¿Por qué lo llamarían abuelo
siendo como era su mejor amigo?
La soledad, la deliciosa soledad, atravesando su pecho blanco
y la embriagada dispersión a la que juzgaban como despiste.
Un superpoder al que culpó de todos sus males
dejándolo amordazado en su costado derecho.
Frágil como un capullo que no termina de florecer
reinició su existencia y descubrió las barras de los bares,
las costas saladas y el mar de fondo de los otros cuerpos.
Ese joven, de pronto, se hizo hombre frente a una serpiente de ceniza.
La gente se le acercaba y le besaba la frente,
la frente de su padre.
Después de matarlo todo cambió para él.
Y nadie supo de aquello, ni nadie tuvo por qué saber.
Es como si la gente que cruzase la Gran Vía un viernes cualquiera
comprendiese que el abrigo que te cubre lo heredaste del cielo.
Después llegó Madrid y la deuda con los versos no escritos
y también… un cuarto por la mitad.
Maravillosos compañeros, decepciones, saliva,
frascas de vino y sabanas sin contexto.
Un frenazo por la vida en una carretera de Lugo.
Y cuando el chaval estaba ya sentado en la barca
con los remos bien empuñados
apareció un alma de esas endémicas
que ni el jodido Lineo tenía en su libreta taxonómica,
y lo agarró con fuerza por el brazo
y comenzaron juntos a remar,
así, sin más, y sin rumbo fijo.
Y de aquello, dos duendes y un propósito:
liberar al superpoder que tenía amordazado en el costado.
Y llegaron los corazones sin coraza de lágrimas impúdicas
y esta isla llamada libertad…
Y la bombilla repentinamente deja de latir.
Me quedo un rato respirando en la oscuridad de mi miedo,
pero ya no tengo tanto miedo.
Están fregando. ¡Vete ya, puto borracho!
Es curioso, solo me han llamado borracho dos veces en mi vida:
Hoy, y en aquel noviembre de hace veintitrés años
en el que lo había vomitado todo
salvo mi tristeza.
Y en los dos casos tengo la impresión de haber sido protagonista
de cruzar sin vuelta atrás el umbral de lo que fui.
Llámenme más veces «borracho», por favor.
En esta madrugada comprendo lo irrenunciable
que resulta el aullido del corazón.
Y en el justo momento en el que la ciudad entera
parece entregarse a mí
los brazos mecánicos de un camión de la basura
me agarran con violencia por el pecho
y en un chasquido de dedos me colocan boca abajo
y veo caer los cartones de mis malas noches,
los cristales de aquellos vidrios
y el plástico de cocina que envuelve mi piel.
Y me giran de nuevo a toda hostia posándome sobre un charco.
Bajo lentamente la mirada al piso. ¡Aquí estás, compañero!,
¡nuevo de nuevo!, por fin, nuevo...
Y un salmón remonta la corriente que baja por la calle.
Perdón, caballero, ¿qué dice de salmón?
Calla, capullo, y florece
que ya es hora
de vivir.
Kalkbadan
Madrid, 22 de enero de 2022
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