Chris hoe
Poeta recién llegado
Fue un día tan normal que desperté y no vi más la oscuridad, me parecía algo extraño no sabía si aquí el reloj corría, porque ya el viento no lo sentía.
A mis espaldas no había nada de ciudad ni montañas, pero podía contemplarlas desde lo más alto, así como si yo fuera un ave que desea brincar, para tomar un poco de aire en las torres más altas.
No había sillas de nada, menos mesas hasta pensé que aquí ya no me daba hambre, no poseía el sueño, pero algo me decía que esto era una larga espera.
Trate de caminar pero no tenía piernas, en algún momento me altere y corrí pero no sabía cuánto había logrado ya que aquí era todo igual, un mundo blanco.
Deme dos ideas me dijo una vos muy cerca de mi oído, solo escuche. Por miedo no respondí pero casi que quería decir: ¿Cuáles dos ideas? Y nuevamente el eco me respondió: Si! Dos ideas del ¿porque yo debería dejarte aquí?
Con un paso de asombro le dije: ¿Dónde estoy? Y ¿Quién eres? Entre la tempestad se me apareció un esplendor blanco y al segundo me respondió: soy aquel que te trajo ya era hora! Agache mi cabeza y no sabía que decir de tal asombro, porque yo ya esto me lo temía.
Volví por un segundo rodeado de mucha gente llorando, como a nadie conocía vi aquello y me presumí que era un entierro. Con flores en un altar donde la caja de madera rodeaba; donde un vidrio me separa de aquella viva holeada.
Un enorme hueco lo recibió donde el ultimo puño de tierra lo seco.
La vos me dijo: si eres tú! Ya aquí vives entre los muertos. La muerte paso por mi cama sin dejarme llevarme nada.
El tiempo se detuvo y se puso en cero porque ya hora de irme para nunca más volver a surgir entre los vivos que algunos parecen ya muertos.
Los ojos no los abrí más y mi alma estaba atrapada entre el origen de mi humanidad.
Al nacer pero mi final era mi dulce compañera que me dijo: tranquilo que ya nada va a doler, porque ahora habitas entre los muertos.
A mis espaldas no había nada de ciudad ni montañas, pero podía contemplarlas desde lo más alto, así como si yo fuera un ave que desea brincar, para tomar un poco de aire en las torres más altas.
No había sillas de nada, menos mesas hasta pensé que aquí ya no me daba hambre, no poseía el sueño, pero algo me decía que esto era una larga espera.
Trate de caminar pero no tenía piernas, en algún momento me altere y corrí pero no sabía cuánto había logrado ya que aquí era todo igual, un mundo blanco.
Deme dos ideas me dijo una vos muy cerca de mi oído, solo escuche. Por miedo no respondí pero casi que quería decir: ¿Cuáles dos ideas? Y nuevamente el eco me respondió: Si! Dos ideas del ¿porque yo debería dejarte aquí?
Con un paso de asombro le dije: ¿Dónde estoy? Y ¿Quién eres? Entre la tempestad se me apareció un esplendor blanco y al segundo me respondió: soy aquel que te trajo ya era hora! Agache mi cabeza y no sabía que decir de tal asombro, porque yo ya esto me lo temía.
Volví por un segundo rodeado de mucha gente llorando, como a nadie conocía vi aquello y me presumí que era un entierro. Con flores en un altar donde la caja de madera rodeaba; donde un vidrio me separa de aquella viva holeada.
Un enorme hueco lo recibió donde el ultimo puño de tierra lo seco.
La vos me dijo: si eres tú! Ya aquí vives entre los muertos. La muerte paso por mi cama sin dejarme llevarme nada.
El tiempo se detuvo y se puso en cero porque ya hora de irme para nunca más volver a surgir entre los vivos que algunos parecen ya muertos.
Los ojos no los abrí más y mi alma estaba atrapada entre el origen de mi humanidad.
Al nacer pero mi final era mi dulce compañera que me dijo: tranquilo que ya nada va a doler, porque ahora habitas entre los muertos.