L
Luis Miguel Rubio Domingo
Invitado
Desde que sucedió aquella cosa innombrable, aquel hecho histórico nefando, todas nos preparamos para este momento. He sido hasta ahora una niña feliz y disciplinada. Hija única, como todas las demás, pero no por ello consentida. Siempre supe lo que se esperaba de mí. Quiero ser una buena hija. Quiero complacer a todas las personas con las que convivo, continuar la tradición, perpetuar la especie. En rigor, soy el único ser humano genuino de mi familia en el sentido de que todavía no he perdido ninguno de mis órganos. Lo haré paulatinamente cuando tome la dosis y quede embarazada. Después del parto ya no serán mis brazos los que sujeten al bebé sino una de esas extremidades que se producen en la gran fábrica. Allí están mis parientes más lejanos, produciendo los bienes que necesitamos como obreras ejemplares y eficientes. Todas somos descendientes de la dosis, devotas hermanas; así es y así ha sido desde que sucedió aquella abominación. Los varones que en muy pocas ocasiones llegan a nacer no son viables y la miembra más anciana de la unidad familiar está obligada a ofrecerlo a las guardianas de la dosis. Mi joven madre, tan entregada a sus estudios, apenas ha tenido tiempo para despedirse de mi forma humana. Últimamente pasa mucho tiempo ante los hologramas públicos fantaseando con su futuro rostro. Parece ser que está en esa fase de fijación de la personalidad en la que dedicamos todas nuestras energías a elegir la que será nuestra identidad. Confío en su proverbial buen gusto y en no sentirme extraña cuando aparezca con una cara nueva. Mi abuela y bisabuela están muy unidas. A simple vista no puede discernirse quien imita a quien aunque ellas aseguran tener gustos y estilos antagónicos. Con el resto de parientes que viven en la casa mantengo una relación más distante y para algunas de ellas tengo a menudo la impresión de ser completamente invisible. Todas ellas son familia de mi abuela en línea ascendente, y la más anciana, dedicada en exclusiva a sus ejercicios de conciencia, es para mí completamente inaccesible. Cuando nazca mi hija mi ancestro mayor marchará a la gran fábrica y dedicará todas sus energías a la producción. Parece que ese es el fin último de las más veteranas. Tras años de contemplación de su propia conciencia las sensaciones humanas desaparecen y nuestro sistema utiliza a los mayores para el trabajo en cadena, para la producción eterna de prótesis y mecanismos que un día nos harán completamente libres.
Mañana tomaré la dosis. Mi único intento. Ley de vida. Salvación.
Mañana tomaré la dosis. Mi único intento. Ley de vida. Salvación.
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