Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Una noche me escribió una carta desde el cuarto de la azotea de su casa que improvisó como estudio.
Era una noche con la luna llena escondida detrás de las nubes cargadas de agua, una noche en la que su recuerdo me acribillaba el alma y la visión de su espalda; sus piernas largas, su mirada verde y su sonrisa sin carcajada se me colgaban de la garganta.
Le pude imaginar de frente a la ventana abierta casi rogando por que el llanto del cielo, ni la lluvia de sus ojos, se soltaran.
En una ocasión me contó que en noches como esta le encantaba sentir el viento frío sobre su rostro y que cuando ya no podía más, cuando sentía que sobre su piel se alojaba todo el frío que recubría a las estrellas, frotaba sus manos una contra la otra y cubría su cara con ellas como si fueran las mías y cerraba los ojos y las besaba y cuando su faz recuperaba el color y el calor que había perdido, sonreía como aquella vez que después de salir de la ducha le enseñé a relajarse para que a su cuerpo desnudo no le asaltasen los temblores y llegara a mis brazos con su piel tibia que tanto encantaba a mis labios.
He esperado tanto tiempo sus letras que sé que no dirán lo que quiero, sin embargo, he imaginado que sus palabras me tomarán por sorpresa y se desprenderán de la pantalla y se postrarán a mis pies formando una sábana aladina que soporte mi peso y mis dudas y me lleve a su ventana, o que me digan cual brisa marina, aquí, cerca de mi oído, que en la distancia ya ha sembrado y cosechado y que ningún fruto sabe como mis brazos.
He esperado tanto tiempo su carta que me ha dado tiempo a razonar que sus palabras pueden ser simplemente un hola y que con eso basta para verle junto a la ventana o temblando después de la ducha, que con eso tengo para seguirle reinventando en mi mente y saber que aún se muerde los labios, que con eso es suficiente para saber que no se olvida que aquí le estoy esperando sin preguntas absurdas, sin respuestas que le duelan.
Due 30.9.12 en una tarde recordando cómo ardieron las naves y cómo la vela se soltó del mástil para salvarse, cómo voló como esperanza…
Era una noche con la luna llena escondida detrás de las nubes cargadas de agua, una noche en la que su recuerdo me acribillaba el alma y la visión de su espalda; sus piernas largas, su mirada verde y su sonrisa sin carcajada se me colgaban de la garganta.
Le pude imaginar de frente a la ventana abierta casi rogando por que el llanto del cielo, ni la lluvia de sus ojos, se soltaran.
En una ocasión me contó que en noches como esta le encantaba sentir el viento frío sobre su rostro y que cuando ya no podía más, cuando sentía que sobre su piel se alojaba todo el frío que recubría a las estrellas, frotaba sus manos una contra la otra y cubría su cara con ellas como si fueran las mías y cerraba los ojos y las besaba y cuando su faz recuperaba el color y el calor que había perdido, sonreía como aquella vez que después de salir de la ducha le enseñé a relajarse para que a su cuerpo desnudo no le asaltasen los temblores y llegara a mis brazos con su piel tibia que tanto encantaba a mis labios.
He esperado tanto tiempo sus letras que sé que no dirán lo que quiero, sin embargo, he imaginado que sus palabras me tomarán por sorpresa y se desprenderán de la pantalla y se postrarán a mis pies formando una sábana aladina que soporte mi peso y mis dudas y me lleve a su ventana, o que me digan cual brisa marina, aquí, cerca de mi oído, que en la distancia ya ha sembrado y cosechado y que ningún fruto sabe como mis brazos.
He esperado tanto tiempo su carta que me ha dado tiempo a razonar que sus palabras pueden ser simplemente un hola y que con eso basta para verle junto a la ventana o temblando después de la ducha, que con eso tengo para seguirle reinventando en mi mente y saber que aún se muerde los labios, que con eso es suficiente para saber que no se olvida que aquí le estoy esperando sin preguntas absurdas, sin respuestas que le duelan.
Due 30.9.12 en una tarde recordando cómo ardieron las naves y cómo la vela se soltó del mástil para salvarse, cómo voló como esperanza…
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