Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
He sentido labios enrojecidos de sangre,
que cubren las fisuras mordidas de sus dientes,
por querer gritar la agonía insana,
de quien se ha inmolado en vida
por la impotencia de ver a sus hijos abandonarse,
ante el acoso de fieras repugnantes
que regalan blanca adicción a sus infantes esperanzas.
He sentido el hedor que surca mis ojos
y una lágrima quema mi rostro,
al ver andrajosas miradas
que guiñen ilusionadas una palabra de apoyo
y llueve tras sus huellas,
mientras en el centro de la mesa,
se pudren frutos jugosos.
He sentido llagas que quedan en la piel,
cuando la flor no estaba a tiempo de abrir
y le han forzado con destellos de sol,
que no han sido los del amor,
sino los de una oscura invitación,
donde sólo ha llorado el placer
sin entender porque tendrá que criar.
He escuchado retumbar en mis oídos
gritos desesperados de dolor
que surcan en el encierro de una habitación,
donde se ha quedado aparcado el pudor,
con desespero busco la llave
que calce en el cerrojo
y no persista la ceguera que ha cerrado sus ojos.
Y ocultos por esta sociedad
se mueven como rastreros repugnantes
amamantando el burdo engaño reinante,
que sigilosos sobreviven
al amparo de nuestra cobardía imperante,
de apuntarlos y acusarlos sin vergüenza
develando esas pequeñas mentiras oxidantes,
que la miseria se ha empecinado en envejecer,
junto a nuestra estupidez itinerante
que cubren las fisuras mordidas de sus dientes,
por querer gritar la agonía insana,
de quien se ha inmolado en vida
por la impotencia de ver a sus hijos abandonarse,
ante el acoso de fieras repugnantes
que regalan blanca adicción a sus infantes esperanzas.
He sentido el hedor que surca mis ojos
y una lágrima quema mi rostro,
al ver andrajosas miradas
que guiñen ilusionadas una palabra de apoyo
y llueve tras sus huellas,
mientras en el centro de la mesa,
se pudren frutos jugosos.
He sentido llagas que quedan en la piel,
cuando la flor no estaba a tiempo de abrir
y le han forzado con destellos de sol,
que no han sido los del amor,
sino los de una oscura invitación,
donde sólo ha llorado el placer
sin entender porque tendrá que criar.
He escuchado retumbar en mis oídos
gritos desesperados de dolor
que surcan en el encierro de una habitación,
donde se ha quedado aparcado el pudor,
con desespero busco la llave
que calce en el cerrojo
y no persista la ceguera que ha cerrado sus ojos.
Y ocultos por esta sociedad
se mueven como rastreros repugnantes
amamantando el burdo engaño reinante,
que sigilosos sobreviven
al amparo de nuestra cobardía imperante,
de apuntarlos y acusarlos sin vergüenza
develando esas pequeñas mentiras oxidantes,
que la miseria se ha empecinado en envejecer,
junto a nuestra estupidez itinerante