dilia.calderas
Poeta que considera el portal su segunda casa
ODISEA IMAGINARIA EN EL MAR
Anoche estuve pensando,
que andaba en una canoa;
¡de pronto! divisé un barco,
con una gigante proa;
meciéndose entre las olas,
el barco hacia mí llegaba,
y a su mando se encontraba,
mi querido amigo Ochoa.
¡Orlando! ¿Sube volando
a lo alto de la proa?
desde aquí estoy observando
a una dama en canoa.
¡Rafael! ¿ve al camarote?
¿Tráeme lápiz y papel?,
pues quiero escribir en él
la odisea hasta el cogote.
¡Hamdler Navas! ¿Dónde estás?
¿Quiero que vayas atrás
para que toques sirena?,
pues quiero advertirle a la nena
que aquí habemos muchos más.
Y así todos los marinos
cumplieron cabal sus órdenes,
y hasta equipos submarinos,
y sin que hubiésen desórdenes.
Una vez que estaban cerca,
el Capitán lanzó el bote,
y también lanzó una cuerda
a la cual amarró un pote.
El pote era para darle
un poco de agua a la dama,
pues pensaban que la chama,
estando por ahí perdida,
tenía en peligro su vida
y la sed querían saciarle.
¡Orlando! ¿Baja volando hasta
que llegues al bote?
¿No olvides llevar el pote?
¡Rafael! ¿Baja también?
¿Ten cuidado con la cuerda
no caigas arriba de él?
¡Hamdler Navas! ¿Dónde estás?
¿De prisa, agarra el timón?,
o crees que esto es un camión
que en el agua no anda más.
El Capitán en la proa
contemplaba el panorama
y el rescate de la dama.
Los marinos en camino,
seguían avanzando en bote,
con los remos, con el pote.
Al llegar Rafael y Orlando,
yo me estaba destortillando
de la risa que tenía,
al ver que ellos no sabían,
que cerca de allí vivía
y sólo estaba paseando.
Me dijeron que bajara
si quería de la canoa,
para presentarme a Ochoa
y con ellos conversara.
Yo accedí rápidamente,
pues ellos me habían mostrado,
una actitud tan decente,
que además, ¡me había encantado!
Gritó entonces Rafael,
¡Capitán! ¿Lance ese libro
que hizo con tanto papel?
puesto que aquí no hay peligro.
Orlando lanzó su pote,
pero con tan mala suerte,
que el pote estaba amarrado,
y como estaba pesado,
se volteó el plástico bote.
Al buen Capitán Ochoa,
no le quedó más remedio
que lanzarse desde proa,
para alcanzar la canoa.
Hamdler Navas, al timón,
salió corriendo a millón
y en el agua fue a parar,
para tratar de encontrar
remedio a la situación.
Como no sabía nadar,
yo me mantenía flotando,
mientras que, Rafael y Orlando,
el pote estaban buscando,
para el bote enderezar,
¡ya casi me estaba ahogando!
Y cuando volví a mirar,
noté que Navas y Ochoa,
montados en la canoa,
ya me venían a salvar.
También Rafael y Orlando,
hacia mí venían llegando,
en el bote y sin el pote.
Lo que quiero que me expliquen,
porque no recuerdo yo,
es: ¿Quién carrizo me salvó?
Si fueron Navas y Ochoa,
en la canoa
o Rafael y Orlando en el bote,
amigos, ¡qué despelote!
(en honor a mis compañeros de trabajo,
a quienes dediqué este verso en el año 86,
cuando comencé a practicar poesía, la
que aún practico, pues no soy experta)
Anoche estuve pensando,
que andaba en una canoa;
¡de pronto! divisé un barco,
con una gigante proa;
meciéndose entre las olas,
el barco hacia mí llegaba,
y a su mando se encontraba,
mi querido amigo Ochoa.
¡Orlando! ¿Sube volando
a lo alto de la proa?
desde aquí estoy observando
a una dama en canoa.
¡Rafael! ¿ve al camarote?
¿Tráeme lápiz y papel?,
pues quiero escribir en él
la odisea hasta el cogote.
¡Hamdler Navas! ¿Dónde estás?
¿Quiero que vayas atrás
para que toques sirena?,
pues quiero advertirle a la nena
que aquí habemos muchos más.
Y así todos los marinos
cumplieron cabal sus órdenes,
y hasta equipos submarinos,
y sin que hubiésen desórdenes.
Una vez que estaban cerca,
el Capitán lanzó el bote,
y también lanzó una cuerda
a la cual amarró un pote.
El pote era para darle
un poco de agua a la dama,
pues pensaban que la chama,
estando por ahí perdida,
tenía en peligro su vida
y la sed querían saciarle.
¡Orlando! ¿Baja volando hasta
que llegues al bote?
¿No olvides llevar el pote?
¡Rafael! ¿Baja también?
¿Ten cuidado con la cuerda
no caigas arriba de él?
¡Hamdler Navas! ¿Dónde estás?
¿De prisa, agarra el timón?,
o crees que esto es un camión
que en el agua no anda más.
El Capitán en la proa
contemplaba el panorama
y el rescate de la dama.
Los marinos en camino,
seguían avanzando en bote,
con los remos, con el pote.
Al llegar Rafael y Orlando,
yo me estaba destortillando
de la risa que tenía,
al ver que ellos no sabían,
que cerca de allí vivía
y sólo estaba paseando.
Me dijeron que bajara
si quería de la canoa,
para presentarme a Ochoa
y con ellos conversara.
Yo accedí rápidamente,
pues ellos me habían mostrado,
una actitud tan decente,
que además, ¡me había encantado!
Gritó entonces Rafael,
¡Capitán! ¿Lance ese libro
que hizo con tanto papel?
puesto que aquí no hay peligro.
Orlando lanzó su pote,
pero con tan mala suerte,
que el pote estaba amarrado,
y como estaba pesado,
se volteó el plástico bote.
Al buen Capitán Ochoa,
no le quedó más remedio
que lanzarse desde proa,
para alcanzar la canoa.
Hamdler Navas, al timón,
salió corriendo a millón
y en el agua fue a parar,
para tratar de encontrar
remedio a la situación.
Como no sabía nadar,
yo me mantenía flotando,
mientras que, Rafael y Orlando,
el pote estaban buscando,
para el bote enderezar,
¡ya casi me estaba ahogando!
Y cuando volví a mirar,
noté que Navas y Ochoa,
montados en la canoa,
ya me venían a salvar.
También Rafael y Orlando,
hacia mí venían llegando,
en el bote y sin el pote.
Lo que quiero que me expliquen,
porque no recuerdo yo,
es: ¿Quién carrizo me salvó?
Si fueron Navas y Ochoa,
en la canoa
o Rafael y Orlando en el bote,
amigos, ¡qué despelote!
(en honor a mis compañeros de trabajo,
a quienes dediqué este verso en el año 86,
cuando comencé a practicar poesía, la
que aún practico, pues no soy experta)