Arturo Riquelme
Poeta adicto al portal
Extrañamente petrificado en el último beso,
encendida la llama de lo nuestro,
las madrugadas nuestras
por aquellas laderas del amor,
voy haciendo hora a la tres de la mañana
en tu poesía,
creo que no te he perdido del todo,
cada día de la oscura noche me baño en ti,
las olas que te aman,
el miedo de la miseria que viene cuando tu soledad
se instala en mi caverna.
Aquellas cosas mudas que me hacen saciarme
de tu recuerdo,
una y otra y otra vez puede nacer de ti,
el encantamiento animal que tienen tus labios,
el frenesí que todavía me hace pensar;
el clítoris del espanto.
Soy una especie sagrada
de todos los puntos "G" que te embargan.
Una misteriosa respiración de la facial memoria,
prístina de los oleajes que traslucen mis carnes,
envidia de la cósmica mirada del deseo,
rencor que se mete por los poros abiertos del espejo
extasiado, así, bella Mariana tus voz se hace perla,
de mar y congoja de ballenas embotelladas,
el arder de tu pierna cuando el humo se pierde en las
ochenta y ocho constelaciones del universo.
Y yo encima te nombro como piedra resucitada,
¡oh viuda de mi querer!...
encendida la llama de lo nuestro,
las madrugadas nuestras
por aquellas laderas del amor,
voy haciendo hora a la tres de la mañana
en tu poesía,
creo que no te he perdido del todo,
cada día de la oscura noche me baño en ti,
las olas que te aman,
el miedo de la miseria que viene cuando tu soledad
se instala en mi caverna.
Aquellas cosas mudas que me hacen saciarme
de tu recuerdo,
una y otra y otra vez puede nacer de ti,
el encantamiento animal que tienen tus labios,
el frenesí que todavía me hace pensar;
el clítoris del espanto.
Soy una especie sagrada
de todos los puntos "G" que te embargan.
Una misteriosa respiración de la facial memoria,
prístina de los oleajes que traslucen mis carnes,
envidia de la cósmica mirada del deseo,
rencor que se mete por los poros abiertos del espejo
extasiado, así, bella Mariana tus voz se hace perla,
de mar y congoja de ballenas embotelladas,
el arder de tu pierna cuando el humo se pierde en las
ochenta y ocho constelaciones del universo.
Y yo encima te nombro como piedra resucitada,
¡oh viuda de mi querer!...
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