Sergio Qper
Poeta recién llegado
Al paso de insolentes caminos agoniza la contracción derructiva
cual de las Américas yace moribunda e impaciente
errabunda al futuro, presente para otros.
Actriz bastarda, hija del pensar, cual ni siente ni miente
y grita su canción, muerta y roma;
alumbrábase por si mismo el horizonte
descarriando a la nube perdida hallándola en su perdición.
¡Oh, madre: herédame algo más que tu lengua!
¡Cobija mi lecho diáfano al saber: gañán de mi rencor!
Ven a mi, oh Hutía, dame tu insano menester,
tráeme tus dioses y te daré arcilla hueca
fraguada en lo iluso de tu mirada fusta
cantando a las entrañas de un oriente criminal
En tu vientre habita el encarnecido reloj de polvo
que inyecta en mí la toxina letal de tu acento;
que ata mis músculos al encanto de tu vestir;
rogando a la diosa de la inmaculación y vestidos de oro
que me brinde de prueba su amor pagano;
que avasalle en mí los elfos maldicientes
cuales cantan al sol mugiente en las costas dables:
Madre dadme un libo, acúname con él,
mirad que el fútil sino de un inmiscuido vientecillo abrace mi sueño austral.
¡No! No me entregues a él, Padre de iniquidad.
¡Oh oprobio! Forjé por tanto mi destino
y hoy posa derribado a lo urdido de mi ser.
Tu ignoto arribo a otras costas, no las mías,
torna en mi piel un apresado enigma tañendo el aire en mí,
atándome a tu tonta idea de independencia
con las jarcias de tu cande engaño.
Guía mi camino aunque en ausencia estés
guarda mi paz con candiles de muerte
hablando sílabas capicúas sin razones caóticas.
Vuelve, oh madre. Mi padre firma el precio que ha puesto a mis que dejas
Mi dolor: dolores de parto de gritos arrítmicos
quienes llaman de atención al pontífice celta, dice:
Óyeme, inquisidor de paz; tu casa me hizo esto, tus cardenales visten mis joyas
y cantaron mi martirio, ahora tráeme el dolor y la humillación como
máximo atavío de mis miedos;
trae a mis pies lo peor de tu escoria edúcame con sus rapaces lecciones.
No sé como estoy mejor pero al menos bajo de tu falda
no está el arma que me asesina, ni bajo tu palabra el engaño
que confunda el trozo coherente que piensa en mi
Siento dolores y vuelco hacia tu insana necesidad,
cual me ahoga innato en río de inocencia
y como un difunto a su nicho,
voy camino a mi cruz el cual no lloré.
¡Ten piedad madre! Violaste mi memoria
Pero me hiciste inmune;
con mis piedras te adorné ahora,
devuélveme el favor ..
olviden que existo.
Qpr-07
Sergio Mauricio Cooper D'alvarado.
cual de las Américas yace moribunda e impaciente
errabunda al futuro, presente para otros.
Actriz bastarda, hija del pensar, cual ni siente ni miente
y grita su canción, muerta y roma;
alumbrábase por si mismo el horizonte
descarriando a la nube perdida hallándola en su perdición.
¡Oh, madre: herédame algo más que tu lengua!
¡Cobija mi lecho diáfano al saber: gañán de mi rencor!
Ven a mi, oh Hutía, dame tu insano menester,
tráeme tus dioses y te daré arcilla hueca
fraguada en lo iluso de tu mirada fusta
cantando a las entrañas de un oriente criminal
En tu vientre habita el encarnecido reloj de polvo
que inyecta en mí la toxina letal de tu acento;
que ata mis músculos al encanto de tu vestir;
rogando a la diosa de la inmaculación y vestidos de oro
que me brinde de prueba su amor pagano;
que avasalle en mí los elfos maldicientes
cuales cantan al sol mugiente en las costas dables:
Madre dadme un libo, acúname con él,
mirad que el fútil sino de un inmiscuido vientecillo abrace mi sueño austral.
¡No! No me entregues a él, Padre de iniquidad.
¡Oh oprobio! Forjé por tanto mi destino
y hoy posa derribado a lo urdido de mi ser.
Tu ignoto arribo a otras costas, no las mías,
torna en mi piel un apresado enigma tañendo el aire en mí,
atándome a tu tonta idea de independencia
con las jarcias de tu cande engaño.
Guía mi camino aunque en ausencia estés
guarda mi paz con candiles de muerte
hablando sílabas capicúas sin razones caóticas.
Vuelve, oh madre. Mi padre firma el precio que ha puesto a mis que dejas
Mi dolor: dolores de parto de gritos arrítmicos
quienes llaman de atención al pontífice celta, dice:
Óyeme, inquisidor de paz; tu casa me hizo esto, tus cardenales visten mis joyas
y cantaron mi martirio, ahora tráeme el dolor y la humillación como
máximo atavío de mis miedos;
trae a mis pies lo peor de tu escoria edúcame con sus rapaces lecciones.
No sé como estoy mejor pero al menos bajo de tu falda
no está el arma que me asesina, ni bajo tu palabra el engaño
que confunda el trozo coherente que piensa en mi
Siento dolores y vuelco hacia tu insana necesidad,
cual me ahoga innato en río de inocencia
y como un difunto a su nicho,
voy camino a mi cruz el cual no lloré.
¡Ten piedad madre! Violaste mi memoria
Pero me hiciste inmune;
con mis piedras te adorné ahora,
devuélveme el favor ..
olviden que existo.
Qpr-07
Sergio Mauricio Cooper D'alvarado.