Carlos Aristy
Poeta que considera el portal su segunda casa
Olvidos
Como las brisas de otoño los sentimientos se avecinan.
Uno remueve los huesos en las gavetas del recuerdo
buscando las causas de la ausencia de tus piernas.
Revolotea el polvo de las cosas guardadas,
la lanza de Atenea, los libracos de Arquímedes,
el fusil de Caamaño, el telescopio de Newton,
los folios perdidos de Alejandría, extraviados por Borges
en su biblioteca del universo y olvidándose
que los puso en la gaveta de mi alma.
Salen palomas que estaban dormidas con sus mensajes
de amor atados a la patitas, poemas que escribí antaño
para mujeres despechadas y aquellas que nunca
perdieron nada, ni siquiera una fotografía.
Los sentimientos florecen con cada estaciones.
A veces los ahogamos con un vino tinto desmemoriado
y un puro para espantar los ojos maléficos,
ya que se me perdió mi azabache, como me enseñaron
las viejas del campo en Samaná.
Uno busca y rebusca para revivir el eximio momento del deseo.
Ni siquiera empapándome la nuca con agua de azahar
puedo recordar donde guardé el teléfono de tus piernas.
Yo se que puse el arquetipo de tu cuerpo
junto a la catibía para el cazabe, ¿me lo habré comido?
Como las brisas de otoño los sentimientos se avecinan.
Uno remueve los huesos en las gavetas del recuerdo
buscando las causas de la ausencia de tus piernas.
Revolotea el polvo de las cosas guardadas,
la lanza de Atenea, los libracos de Arquímedes,
el fusil de Caamaño, el telescopio de Newton,
los folios perdidos de Alejandría, extraviados por Borges
en su biblioteca del universo y olvidándose
que los puso en la gaveta de mi alma.
Salen palomas que estaban dormidas con sus mensajes
de amor atados a la patitas, poemas que escribí antaño
para mujeres despechadas y aquellas que nunca
perdieron nada, ni siquiera una fotografía.
Los sentimientos florecen con cada estaciones.
A veces los ahogamos con un vino tinto desmemoriado
y un puro para espantar los ojos maléficos,
ya que se me perdió mi azabache, como me enseñaron
las viejas del campo en Samaná.
Uno busca y rebusca para revivir el eximio momento del deseo.
Ni siquiera empapándome la nuca con agua de azahar
puedo recordar donde guardé el teléfono de tus piernas.
Yo se que puse el arquetipo de tu cuerpo
junto a la catibía para el cazabe, ¿me lo habré comido?