Origen- Cinco-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
No había ruidos.


En ese eterno exterior,


fluían espejos con sombra


adusta pertrechados. No.


No había apenas sonidos,


música, trivialidades melódicas,


capaces de derribar a un hombre.


El pecho, ese ataúd inefable,


de fonemas y cuerpos en tinieblas,


hervía todavía de sombras y penumbras


cuajado. Se estrechaban grandes símbolos,


morían vínculos, manos eran caudales


y depósitos de arena febril y endemoniada,


pulcra. Las tumbas hedían como siempre,


los nombres eran lluvia suplida, y mi cuerpo


moría entre los brazos de la niebla.


Matorrales y espirales de polvo,


huesos rabiosos, mastines de la desdicha


desordenada. Todos, fallecían tiernamente


entre abundantes estrellas.


Dijimos del adiós, una nube sin presencia,


del cuerpo, una maraña de azoteas y líquenes,


del átomo, una araña sumergida en cienos insoslayables.


Dijeron, de la ausencia, la aceptación del sinónimo,


de todos los espíritus, con cadenas acechados,


del prójimo, una cueva socavada hasta los cimientos.


Mas no hubo ruido. Silencio, niebla, humo, doncellas


consumidas por el vértigo de la nada, atrapados


en su útero maldito. Y rozaban el muslo, quemando


lenguas, vómitos del aire. Y herían el vientre, cavidades


perplejas, sombras anfibias. El origen


de una sombra sin imagen en el espejo.


©
 

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