BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
No había ruidos.
En ese eterno exterior,
fluían espejos con sombra
adusta pertrechados. No.
No había apenas sonidos,
música, trivialidades melódicas,
capaces de derribar a un hombre.
El pecho, ese ataúd inefable,
de fonemas y cuerpos en tinieblas,
hervía todavía de sombras y penumbras
cuajado. Se estrechaban grandes símbolos,
morían vínculos, manos eran caudales
y depósitos de arena febril y endemoniada,
pulcra. Las tumbas hedían como siempre,
los nombres eran lluvia suplida, y mi cuerpo
moría entre los brazos de la niebla.
Matorrales y espirales de polvo,
huesos rabiosos, mastines de la desdicha
desordenada. Todos, fallecían tiernamente
entre abundantes estrellas.
Dijimos del adiós, una nube sin presencia,
del cuerpo, una maraña de azoteas y líquenes,
del átomo, una araña sumergida en cienos insoslayables.
Dijeron, de la ausencia, la aceptación del sinónimo,
de todos los espíritus, con cadenas acechados,
del prójimo, una cueva socavada hasta los cimientos.
Mas no hubo ruido. Silencio, niebla, humo, doncellas
consumidas por el vértigo de la nada, atrapados
en su útero maldito. Y rozaban el muslo, quemando
lenguas, vómitos del aire. Y herían el vientre, cavidades
perplejas, sombras anfibias. El origen
de una sombra sin imagen en el espejo.
©
En ese eterno exterior,
fluían espejos con sombra
adusta pertrechados. No.
No había apenas sonidos,
música, trivialidades melódicas,
capaces de derribar a un hombre.
El pecho, ese ataúd inefable,
de fonemas y cuerpos en tinieblas,
hervía todavía de sombras y penumbras
cuajado. Se estrechaban grandes símbolos,
morían vínculos, manos eran caudales
y depósitos de arena febril y endemoniada,
pulcra. Las tumbas hedían como siempre,
los nombres eran lluvia suplida, y mi cuerpo
moría entre los brazos de la niebla.
Matorrales y espirales de polvo,
huesos rabiosos, mastines de la desdicha
desordenada. Todos, fallecían tiernamente
entre abundantes estrellas.
Dijimos del adiós, una nube sin presencia,
del cuerpo, una maraña de azoteas y líquenes,
del átomo, una araña sumergida en cienos insoslayables.
Dijeron, de la ausencia, la aceptación del sinónimo,
de todos los espíritus, con cadenas acechados,
del prójimo, una cueva socavada hasta los cimientos.
Mas no hubo ruido. Silencio, niebla, humo, doncellas
consumidas por el vértigo de la nada, atrapados
en su útero maldito. Y rozaban el muslo, quemando
lenguas, vómitos del aire. Y herían el vientre, cavidades
perplejas, sombras anfibias. El origen
de una sombra sin imagen en el espejo.
©