Invadió mi corazón
las hojas rojas del otoño.
Sentada en el banco de la plaza,
escondida entre los árboles
casi siempre solitaria,
con las fantasías marchitas
y la lluvia amarilla de las acacias,
mi pensamiento vuela,
flota delante de mi cara.
La luz blanca entra,
se pierde en ella mis sentimientos
diluyéndome en las hojas
hasta notar su fría lanza
rozarme el cuerpo.
Su melancolía hace lento el tiempo,
me llena la boca
de un sabor dulce y conocido.
No distingo
si la tristeza avanza entre mis manos,
o ellas la agarran
cuando pasa por la plaza
cubierta de hojas secas
para plasmar en mi retina
mas tiempo del posible.
Es siempre
una belleza que me atrapa
dentro de su fina maya,
de su suelo pintado de ocre
que suspende por unos días
mi actividad
dejándome parada,
y a veces apática
dejando entrar por mis poros
toda la sabia caída,
absorbida otra vez por la tierra
para llegar a la sabia nueva
e inundar el aire
de hojas verdes
en la primavera.
las hojas rojas del otoño.
Sentada en el banco de la plaza,
escondida entre los árboles
casi siempre solitaria,
con las fantasías marchitas
y la lluvia amarilla de las acacias,
mi pensamiento vuela,
flota delante de mi cara.
La luz blanca entra,
se pierde en ella mis sentimientos
diluyéndome en las hojas
hasta notar su fría lanza
rozarme el cuerpo.
Su melancolía hace lento el tiempo,
me llena la boca
de un sabor dulce y conocido.
No distingo
si la tristeza avanza entre mis manos,
o ellas la agarran
cuando pasa por la plaza
cubierta de hojas secas
para plasmar en mi retina
mas tiempo del posible.
Es siempre
una belleza que me atrapa
dentro de su fina maya,
de su suelo pintado de ocre
que suspende por unos días
mi actividad
dejándome parada,
y a veces apática
dejando entrar por mis poros
toda la sabia caída,
absorbida otra vez por la tierra
para llegar a la sabia nueva
e inundar el aire
de hojas verdes
en la primavera.