Lírico.
Exp..
Otra palabra
Puedo ver las palabras,
mohínas, cruzadas de brazos,
mirando el suelo. No parecen
estar por la labor
de soltar prenda.
A veces son así,
no hay quien las mueva
de su mutismo espeso,
como si se cansaran
de andar todo el día diciendo
las mismas cosas. Aunque
yo las conozco bien
y sé que en breve
querrán de nuevo darle
un sentido al mundo. Es cuestión
de ser paciente
y esperar a que se aburran
de tanto estar calladas.
No se aguantan, lo suyo
es pegar la hebra como nadie,
e incluso si no dejan
de decir tonterías, siempre
se les escapa alguna
que otra perla. Para el poema
tampoco es necesario que se esmeren
excesivamente. Lo importante,
es que, digan lo que digan,
lo hagan de manera diferente
a como suelen expresarse
cuando están en la calle,
o el trabajo, o comprando
una barra de pan.
Sin que se enteren,
voy a tentarlas con el verso,
voy a mimarlas
hasta que ellas solitas
se dejen atraer
hasta esta página, por el simple
placer de reunirlas,
acariciarlas con ritmo,
disponerlas en formas
que las hagan mirarse
sorprendidas al espejo,
estas palabras, son coquetas,
y luego les encanta verse guapas,
si las conoceré a estas alturas,
después de tanto tiempo
siendo mis lazarillas
por el sueño del mundo.
Si no fuera por ellas
acaso no sería
tampoco yo quien soy,
ellas me han hecho, y yo trabajo
para ellas. Me doy cuenta
de que, tal vez, me tengan
engañado, y mi mente
sea el producto del lenguaje
con que la poesía
construye nuestras vidas
y las moldea. Estas palabras,
no se las lleva el viento,
pues si así fuera, el viento
también se llevaría
este puñado de palabras
que soy yo, y tú, y todos nosotros,
como un montón
de hojas secas. Palabras
y más palabras. No consigo
aclararme, me han metido
en un embrollo, donde
la solución, no es sino
otra palabra más,
y otra y otra y otra palabra,
siempre, somos palabras.
Puedo ver las palabras,
mohínas, cruzadas de brazos,
mirando el suelo. No parecen
estar por la labor
de soltar prenda.
A veces son así,
no hay quien las mueva
de su mutismo espeso,
como si se cansaran
de andar todo el día diciendo
las mismas cosas. Aunque
yo las conozco bien
y sé que en breve
querrán de nuevo darle
un sentido al mundo. Es cuestión
de ser paciente
y esperar a que se aburran
de tanto estar calladas.
No se aguantan, lo suyo
es pegar la hebra como nadie,
e incluso si no dejan
de decir tonterías, siempre
se les escapa alguna
que otra perla. Para el poema
tampoco es necesario que se esmeren
excesivamente. Lo importante,
es que, digan lo que digan,
lo hagan de manera diferente
a como suelen expresarse
cuando están en la calle,
o el trabajo, o comprando
una barra de pan.
Sin que se enteren,
voy a tentarlas con el verso,
voy a mimarlas
hasta que ellas solitas
se dejen atraer
hasta esta página, por el simple
placer de reunirlas,
acariciarlas con ritmo,
disponerlas en formas
que las hagan mirarse
sorprendidas al espejo,
estas palabras, son coquetas,
y luego les encanta verse guapas,
si las conoceré a estas alturas,
después de tanto tiempo
siendo mis lazarillas
por el sueño del mundo.
Si no fuera por ellas
acaso no sería
tampoco yo quien soy,
ellas me han hecho, y yo trabajo
para ellas. Me doy cuenta
de que, tal vez, me tengan
engañado, y mi mente
sea el producto del lenguaje
con que la poesía
construye nuestras vidas
y las moldea. Estas palabras,
no se las lleva el viento,
pues si así fuera, el viento
también se llevaría
este puñado de palabras
que soy yo, y tú, y todos nosotros,
como un montón
de hojas secas. Palabras
y más palabras. No consigo
aclararme, me han metido
en un embrollo, donde
la solución, no es sino
otra palabra más,
y otra y otra y otra palabra,
siempre, somos palabras.