Mike el gordo
desde la punta de la barra
me pregunta con un gesto
que implica a su índice derecho y nariz
si esta noche traje algo de cocaína…
pero como ahora está Luna bailando
subida en unos tacones deliciosos
vestida de rigurosa piel y tinta
me limito a responderle
con una mueca que implica
al Lunes de mis párpados
y al Miércoles de mis labios.
A mi lado tengo a otro Mike
cuya calvicie y cara de consagrado eyaculador precoz
recién acabo de conocer
hablándome de que Santa Claus aun se pasea en esquís por San Louis
de la paz que compran los misiles
de lo barato que se consiguen las tailandesas después de las 11:00 pm
de lo bien que se la pasó borracho en Disneylandia el pasado fin de semana
y Luna sigue bailando
con la cicatriz de su cesaría y Miles Davis a cuestas
como si afuera no hubiesen semáforos
pedófilos jubilados
esposas que han encontrado la felicidad en los esposos de otras
niños lactando del televisor
poetas cuyo único recurso literario es la cerveza.
Me levanto y con una servilleta
escurro de mis labios el resto de la noche
paso por la esquina de la barra
donde ahora la sed de Mike el gordo
descansa recostada a unas nalgas Made in Lituania
lo miro
y no puedo evitar pensar en sus coronarias remojadas en colesterol
en su diabetes prometida
en su cirrosis cultivada,
salgo y sé que Luna seguirá bailando
sin saber que este naufrago empírico
aun puede amarla
hacer de la miseria un verso libre
cocinarle lasaña los Domingos
y sacarla a pasear tomados de la mano
por los cráteres que han dejado las bombas,
salgo y el tráfico me dice que estoy equivocado
que todavía son las cuatro de la tarde
de un Jueves al que dudosamente se sobrevive sin alcohol…
pero como aun no vale la pena crecer
ni lucir corbata y café en las mañanas
vuelvo a poner el piloto automático
y huyo de la idea
que quizás algún día fatídico
las Lunas y los Mikes me dejaran a solas
en este mundo
con estos tipos
que se enorgullecen de sus sonrisas de Prozac
y del televisor de sesenta pulgadas
que ya mandaron a instalar en su tumba.
desde la punta de la barra
me pregunta con un gesto
que implica a su índice derecho y nariz
si esta noche traje algo de cocaína…
pero como ahora está Luna bailando
subida en unos tacones deliciosos
vestida de rigurosa piel y tinta
me limito a responderle
con una mueca que implica
al Lunes de mis párpados
y al Miércoles de mis labios.
A mi lado tengo a otro Mike
cuya calvicie y cara de consagrado eyaculador precoz
recién acabo de conocer
hablándome de que Santa Claus aun se pasea en esquís por San Louis
de la paz que compran los misiles
de lo barato que se consiguen las tailandesas después de las 11:00 pm
de lo bien que se la pasó borracho en Disneylandia el pasado fin de semana
y Luna sigue bailando
con la cicatriz de su cesaría y Miles Davis a cuestas
como si afuera no hubiesen semáforos
pedófilos jubilados
esposas que han encontrado la felicidad en los esposos de otras
niños lactando del televisor
poetas cuyo único recurso literario es la cerveza.
Me levanto y con una servilleta
escurro de mis labios el resto de la noche
paso por la esquina de la barra
donde ahora la sed de Mike el gordo
descansa recostada a unas nalgas Made in Lituania
lo miro
y no puedo evitar pensar en sus coronarias remojadas en colesterol
en su diabetes prometida
en su cirrosis cultivada,
salgo y sé que Luna seguirá bailando
sin saber que este naufrago empírico
aun puede amarla
hacer de la miseria un verso libre
cocinarle lasaña los Domingos
y sacarla a pasear tomados de la mano
por los cráteres que han dejado las bombas,
salgo y el tráfico me dice que estoy equivocado
que todavía son las cuatro de la tarde
de un Jueves al que dudosamente se sobrevive sin alcohol…
pero como aun no vale la pena crecer
ni lucir corbata y café en las mañanas
vuelvo a poner el piloto automático
y huyo de la idea
que quizás algún día fatídico
las Lunas y los Mikes me dejaran a solas
en este mundo
con estos tipos
que se enorgullecen de sus sonrisas de Prozac
y del televisor de sesenta pulgadas
que ya mandaron a instalar en su tumba.
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