En el jardín plagado de claveles fantasmagóricos sueña el Mino tauro. Bajo un manto abovedado de jazmines y estrellas fugitivas que se apagan sin compasión. Jasón, el bravo aventurero de tierras ignotas por descubrir, se le presenta con una faz radiante de madreselva y calor paternal, fraguado en la cueva bendita de un musculoso herrero hercúleo. Entonces, nuestro noble héroe despierta de la modorra onírica, tocando la frente del sagrado toro de Creta con su mano ensombrecida por un sentimiento pacífico. Y éste abre sus pupilas dilatadas por el aún signo melancólico, cuya bruma dibuja el objeto atormentado de sus paganos deseos. Ni más ni menos que la tranquila e inocente Ariadna. La cual se va marchitando como una plúmbea rosa de graznido calamitoso.