Paganos Deseos

Edouard

Poeta adicto al portal
En el jardín plagado de claveles fantasmagóricos sueña el Mino tauro. Bajo un manto abovedado de jazmines y estrellas fugitivas que se apagan sin compasión. Jasón, el bravo aventurero de tierras ignotas por descubrir, se le presenta con una faz radiante de madreselva y calor paternal, fraguado en la cueva bendita de un musculoso herrero hercúleo. Entonces, nuestro noble héroe despierta de la modorra onírica, tocando la frente del sagrado toro de Creta con su mano ensombrecida por un sentimiento pacífico. Y éste abre sus pupilas dilatadas por el aún signo melancólico, cuya bruma dibuja el objeto atormentado de sus paganos deseos. Ni más ni menos que la tranquila e inocente Ariadna. La cual se va marchitando como una plúmbea rosa de graznido calamitoso.
 
homo-adictus, el Mino tauro estaba fascinado de la ya en ciernes marchita belleza de la prendida mujer de Jasón. Éste lo despertó del único recoveco onírico donde no sufría, en su amor no correspondido. Pero al hacerlo, el hombre toro volvió a revivir su pasión exangüe y calamitosa con la pulcra y decente Ariadna. No hizo falta que el héroe se presentase en toda su majestuosa presencia solar y festiva. El Mino tauro ya había caído en un obnubilado torbellino de pasión sin correspondencia. Atentamente Edouard.
 

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