yomboki
Poeta que considera el portal su segunda casa
Por parca convocatoria, un bostezo de tornillo
me extrae y me concentra dentro de mí.
De modo que el surrealismo plantea su propio devenir
y su locura en las pústulas resecas de una varicela intelectual.
(habrán notado que no soy surrealista más que a la hora de dormir)
)habrán notado que no tengo la prosapia requerida para hacer poemas
de alquiler(
Y he de relatar que un olvidado día de 1975
me di a la tarea de morir, de forma que solo me sobrevive mi cadáver
y la historia de un Mambru desertor y fugitivo, ludópata y sentimental
emparentado con Max Erns a la hora de la cena.
Tengo todos los frescos de la capilla Sixtina
en el cuenco vacío del gato cadavérico que acosa desde el espejo,
tengo un terso orgasmo de la mano de Marilyn Monroe
que se sonroja en un sueño de benzodiazepina y profopol.
Recordaran que Pancho Villa solo montaba potros de Calígula
al grito de "¡Vivaméxicocabrones...surrealismo y libertad!
("¡Que tiempos aquellos!", murmuraban las putas que acompañaron
a mi abuelo hasta su boda.)
Mi abuelo siempre quiso montar a Marlyn Monroe.
Yo montado en los hombros de mi abuelo me quise morir
montando a Marlyn Monroe,
así que me sumergí en el muro posterior
de la casa que nunca fue mía y me suicidé en nombre de Mambru,
de Max Erns, de Marlyn Monroe, del gato cadavérico, de Pancho Villa,
de Caligula, de las putas de mi abuelo, de mi abuelo y de la benzodizepina
y el profopol.
Todo esto antes que Darwin supiera mi origen y lo divulgara en manifiestos,
todo esto antes que las ballenas se ahogaran en mi plato de sopa de aluminio
y tuviera que estar regoldando ballenas las diecinueve horas del día
o agarrotado con la risa, antes de que Venus me hiciera cosquillas
con sus manos frías, manicuradas, en la punta del Everest mimético
que mi madre bordaba en mis costillas cada día de mi cumpleaños numero cien.
Así que ahora que abjuro del romántico y de sus excesos,
de mi abuelo y su elefante tecnológico donde solía llevarme a pasear
a la sombra de pájaros de azúcar y putitas anarquistas,
he de confesar señores,
que solo soy surrealista cuando juego serpientes y escaleras con mis venas
y extraigo de mi sangre ninfas de acero lunáticas, prestas a parirme en un lecho
de navajas como la tumba de mi abuelo y sus putas de aserrín.
Tengo un alma de automóvil, tengo un motor sentimental.
me extrae y me concentra dentro de mí.
De modo que el surrealismo plantea su propio devenir
y su locura en las pústulas resecas de una varicela intelectual.
(habrán notado que no soy surrealista más que a la hora de dormir)
)habrán notado que no tengo la prosapia requerida para hacer poemas
de alquiler(
Y he de relatar que un olvidado día de 1975
me di a la tarea de morir, de forma que solo me sobrevive mi cadáver
y la historia de un Mambru desertor y fugitivo, ludópata y sentimental
emparentado con Max Erns a la hora de la cena.
Tengo todos los frescos de la capilla Sixtina
en el cuenco vacío del gato cadavérico que acosa desde el espejo,
tengo un terso orgasmo de la mano de Marilyn Monroe
que se sonroja en un sueño de benzodiazepina y profopol.
Recordaran que Pancho Villa solo montaba potros de Calígula
al grito de "¡Vivaméxicocabrones...surrealismo y libertad!
("¡Que tiempos aquellos!", murmuraban las putas que acompañaron
a mi abuelo hasta su boda.)
Mi abuelo siempre quiso montar a Marlyn Monroe.
Yo montado en los hombros de mi abuelo me quise morir
montando a Marlyn Monroe,
así que me sumergí en el muro posterior
de la casa que nunca fue mía y me suicidé en nombre de Mambru,
de Max Erns, de Marlyn Monroe, del gato cadavérico, de Pancho Villa,
de Caligula, de las putas de mi abuelo, de mi abuelo y de la benzodizepina
y el profopol.
Todo esto antes que Darwin supiera mi origen y lo divulgara en manifiestos,
todo esto antes que las ballenas se ahogaran en mi plato de sopa de aluminio
y tuviera que estar regoldando ballenas las diecinueve horas del día
o agarrotado con la risa, antes de que Venus me hiciera cosquillas
con sus manos frías, manicuradas, en la punta del Everest mimético
que mi madre bordaba en mis costillas cada día de mi cumpleaños numero cien.
Así que ahora que abjuro del romántico y de sus excesos,
de mi abuelo y su elefante tecnológico donde solía llevarme a pasear
a la sombra de pájaros de azúcar y putitas anarquistas,
he de confesar señores,
que solo soy surrealista cuando juego serpientes y escaleras con mis venas
y extraigo de mi sangre ninfas de acero lunáticas, prestas a parirme en un lecho
de navajas como la tumba de mi abuelo y sus putas de aserrín.
Tengo un alma de automóvil, tengo un motor sentimental.
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