Évano
Libre, sin dioses.
Mi boca expulsa niebla y difumina el alba y la mañana con negros vahos turbios y etéreos. Me incrusta y envuelve en una perenne noche, una fosa aplastada por el oscuro impalpable de un universo ligado por redes inmensas de estrellas tímidas, impasibles e infinitamente lejanas.
Soy un diminuto espectro, silueta, sombra vagando la noche de los vahos gélidos venidos de los hielos diurnos; la ilusión congelada por ingenuos constructores de máquinas diseñadas para someter incluso a ellos mismos, sus creadores; un fantasma entre espíritus adormecidos en los rincones de un ánima en extinción.
Mis huesos y carnes van transformándose en esqueleto, y en cuerpo adherido a la Dama de la Guadaña.
Nada es cierto dentro de este túnel donde llueven y se elevan palabras caídas del eco de techos y suelos. Palabras venidas de los ancestros brujos de las grutas. Mentirosos extendiendo repeticiones de falsas virtudes y falsos pecados. Cada uno albergamos al Todo, al Universo Completo. Somos capaces de moldear y modificar cada elemento de nuestra cercanía, o del infinito.
No ha de ver el ojo Cierto lo que las bocas putrefactas instaladas en nosotros quieren; sino la luz que atraviesa y compone la masa y los objetos. Vive el engaño en la Tierra por el inculco de los majaras voceros de turno, y por los ecos de los que no son más que piedra para rebotar.
Mi boca expulsa luz y crea otro alba y otra mañana, pero quisiera ser forjador de días, esas explosiones brillando durante un instante Cósmico, hasta que yacen en la memoria. Luego serán moribundos recuerdos en los brazos del más allá. Somos Momentos, cuchillos de luz rasgando el velo de lo impenetrable; estrellas viajando y blandiendo con sus rayos el escudo y la piel de un Dios tan grande y pequeño como los átomos que forman micro y macro Cosmos. Relatividad de tiempo-espacio dentro de una cárcel gravitatoria terrestre y solar que no es más que la vida y la muerte misma.
No hay peso en las almas, ni en la niebla expulsada por mi boca, o en el fotón carente de masa pero portador de energía. Sus partículas son los sueños compuestos por la experiencia de nuestros pasos, por las emociones adheridas a nosotros, por la Templanza, el Amor, el Valor, la Perseverancia. Armas, antorchas necesarias para iluminar el túnel fúnebre del Camino. Las noches y los sueños son el mundo de las almas; cuando emanan de nosotros y se juntan entre ellas para avanzar, crear, devastar cuanto conocemos. Somos ello, el alimento tomado en los días para fortalecer a esos guerreros de lo oscuro. Si no las alimentamos lo necesario, las van mutilando noche tras noche, y estas al cuerpo diurno, como un bucle cuyo fin es el inevitable Apocalipsis particular, que no es más que el Apocalipsis Total del Universo., porque hay tantos universos como seres.
Vive, ríe, aunque te arranquen los ojos y las orejas y la nariz y las manos y la lengua. Nada de ello poseen los espíritus y las almas, no necesitan órganos de músculos y huesos para comunicarse con los demás. Solo la fortaleza del alimento de la Virtud nos salvará. Los defectos los menguan, los descuartizan, los rompen, a ellos y a los Todos a lo que estamos unidos.
Miedo, el mayor enemigo de la noche que cada uno se construye, el defecto que nos hace espectros de lo nocturno, la niebla que expulsamos y difumina el alba y la mañana con negros vahos turbios y etéreos.
Yo no quiero habitar un fantasma deambulando las siluetas y sombras de la noche, sino un cuerpo adentrando cada día en un nuevo amanecer.
Dejaré las luchas para espíritu y alma, que ellos lidien en las profundidades del abismo de mi ser. Yo disfrutaré los placeres materiales de los cuerpos diurnos, del sol, de la luz, de los pecados, hasta morir y pudrirme la carne y los huesos, esos elementos de masa ficticios y momentáneos cuya meta es la Dama de la Muerte. Para ella mis gusanos, mis pecados cometidos, y los que no. Entiéndanse con lo Otro mi otra parte, que paguen ellos luego por lo hecho por mi cuerpo, o por lo no hecho, porque yo ni nadie comprende a este Mundo, ni a ese Otro, el que que construye el miedo en cada uno, el que nos hace Noche.
Soy un diminuto espectro, silueta, sombra vagando la noche de los vahos gélidos venidos de los hielos diurnos; la ilusión congelada por ingenuos constructores de máquinas diseñadas para someter incluso a ellos mismos, sus creadores; un fantasma entre espíritus adormecidos en los rincones de un ánima en extinción.
Mis huesos y carnes van transformándose en esqueleto, y en cuerpo adherido a la Dama de la Guadaña.
Nada es cierto dentro de este túnel donde llueven y se elevan palabras caídas del eco de techos y suelos. Palabras venidas de los ancestros brujos de las grutas. Mentirosos extendiendo repeticiones de falsas virtudes y falsos pecados. Cada uno albergamos al Todo, al Universo Completo. Somos capaces de moldear y modificar cada elemento de nuestra cercanía, o del infinito.
No ha de ver el ojo Cierto lo que las bocas putrefactas instaladas en nosotros quieren; sino la luz que atraviesa y compone la masa y los objetos. Vive el engaño en la Tierra por el inculco de los majaras voceros de turno, y por los ecos de los que no son más que piedra para rebotar.
Mi boca expulsa luz y crea otro alba y otra mañana, pero quisiera ser forjador de días, esas explosiones brillando durante un instante Cósmico, hasta que yacen en la memoria. Luego serán moribundos recuerdos en los brazos del más allá. Somos Momentos, cuchillos de luz rasgando el velo de lo impenetrable; estrellas viajando y blandiendo con sus rayos el escudo y la piel de un Dios tan grande y pequeño como los átomos que forman micro y macro Cosmos. Relatividad de tiempo-espacio dentro de una cárcel gravitatoria terrestre y solar que no es más que la vida y la muerte misma.
No hay peso en las almas, ni en la niebla expulsada por mi boca, o en el fotón carente de masa pero portador de energía. Sus partículas son los sueños compuestos por la experiencia de nuestros pasos, por las emociones adheridas a nosotros, por la Templanza, el Amor, el Valor, la Perseverancia. Armas, antorchas necesarias para iluminar el túnel fúnebre del Camino. Las noches y los sueños son el mundo de las almas; cuando emanan de nosotros y se juntan entre ellas para avanzar, crear, devastar cuanto conocemos. Somos ello, el alimento tomado en los días para fortalecer a esos guerreros de lo oscuro. Si no las alimentamos lo necesario, las van mutilando noche tras noche, y estas al cuerpo diurno, como un bucle cuyo fin es el inevitable Apocalipsis particular, que no es más que el Apocalipsis Total del Universo., porque hay tantos universos como seres.
Vive, ríe, aunque te arranquen los ojos y las orejas y la nariz y las manos y la lengua. Nada de ello poseen los espíritus y las almas, no necesitan órganos de músculos y huesos para comunicarse con los demás. Solo la fortaleza del alimento de la Virtud nos salvará. Los defectos los menguan, los descuartizan, los rompen, a ellos y a los Todos a lo que estamos unidos.
Miedo, el mayor enemigo de la noche que cada uno se construye, el defecto que nos hace espectros de lo nocturno, la niebla que expulsamos y difumina el alba y la mañana con negros vahos turbios y etéreos.
Yo no quiero habitar un fantasma deambulando las siluetas y sombras de la noche, sino un cuerpo adentrando cada día en un nuevo amanecer.
Dejaré las luchas para espíritu y alma, que ellos lidien en las profundidades del abismo de mi ser. Yo disfrutaré los placeres materiales de los cuerpos diurnos, del sol, de la luz, de los pecados, hasta morir y pudrirme la carne y los huesos, esos elementos de masa ficticios y momentáneos cuya meta es la Dama de la Muerte. Para ella mis gusanos, mis pecados cometidos, y los que no. Entiéndanse con lo Otro mi otra parte, que paguen ellos luego por lo hecho por mi cuerpo, o por lo no hecho, porque yo ni nadie comprende a este Mundo, ni a ese Otro, el que que construye el miedo en cada uno, el que nos hace Noche.