romaguce
Poeta recién llegado
Hay días, en las que no puedo arrancarle a las horas, ni siquiera una palabra mal escrita;
El blanco de mi mente, se refleja en un trozo de papel, que no deja de palidecer al sentir el vértigo de ser testigo, de un gran dolor, de una resonante alegría, de nada que valga la pena…
Continúo, cosechando las horas del silencio, en silencio;
Continúo, bajo la sombra de este sol mal intencionado que oculta lo mejor de mi reflejo, hurgando en los minutos consumidos por algún motivo, segundos que valgan la pena reciclar, sobre ti, acerca de mí o del camino que nos recorre… para luego intentar intercambiar la ingenuidad de este albo folio con alguna palabra invalida y de gran estruendo.
Pero no hay viento soplando las palabras que tengo que atrapar para darme cuenta que letra a letra voy perdiendo la capacidad de extraviarme en la poca dulzura de enmudecer, al compás de un solsticio de extravío.
Así discurren las palabras, atrapadas en un viento etéreo, impregnadas de café, del aliento de cigarrillos a medio respirar, de la negación vespertina de cerrar los ojos a la noche y no encontrar cobijo entre las estrellas.
Empieza la danza de las palabras que no puedo esculpir con mis manos y admirar con regocijo su desordenado espíritu; empieza el silencio con sus altos decibeles a entonar el concepto disimulado de la alegría que le plagia a la tristeza, su mirada misteriosa de congoja añeja y deliciosa…
Alguna vez, encontré la palabra exacta para estremecer el canto salubre de una lágrima, inmolándose al pedir perdón; escribir amor es difícil, cuando la ira de la esperanza, vence a los sueños y los despierta con el frenesí de la aurora, refrescando la seca garganta del infierno.
Hoy busco la palabra, mañana seguiré… algún día la encontraré… y a ti, con ella…
El blanco de mi mente, se refleja en un trozo de papel, que no deja de palidecer al sentir el vértigo de ser testigo, de un gran dolor, de una resonante alegría, de nada que valga la pena…
Continúo, cosechando las horas del silencio, en silencio;
Continúo, bajo la sombra de este sol mal intencionado que oculta lo mejor de mi reflejo, hurgando en los minutos consumidos por algún motivo, segundos que valgan la pena reciclar, sobre ti, acerca de mí o del camino que nos recorre… para luego intentar intercambiar la ingenuidad de este albo folio con alguna palabra invalida y de gran estruendo.
Pero no hay viento soplando las palabras que tengo que atrapar para darme cuenta que letra a letra voy perdiendo la capacidad de extraviarme en la poca dulzura de enmudecer, al compás de un solsticio de extravío.
Así discurren las palabras, atrapadas en un viento etéreo, impregnadas de café, del aliento de cigarrillos a medio respirar, de la negación vespertina de cerrar los ojos a la noche y no encontrar cobijo entre las estrellas.
Empieza la danza de las palabras que no puedo esculpir con mis manos y admirar con regocijo su desordenado espíritu; empieza el silencio con sus altos decibeles a entonar el concepto disimulado de la alegría que le plagia a la tristeza, su mirada misteriosa de congoja añeja y deliciosa…
Alguna vez, encontré la palabra exacta para estremecer el canto salubre de una lágrima, inmolándose al pedir perdón; escribir amor es difícil, cuando la ira de la esperanza, vence a los sueños y los despierta con el frenesí de la aurora, refrescando la seca garganta del infierno.
Hoy busco la palabra, mañana seguiré… algún día la encontraré… y a ti, con ella…