Hector Alberto Villarruel
Poeta que considera el portal su segunda casa
Para que fueras amada, naciste
en un rincón de espesas oquedades
en el que las azaleas alternan su estatura
con bosquejos espontáneos de luciérnagas,
y donde los pliegues clandestinos
de la memoria de las piedras
arrugan sus muecas afiladas
en un horizonte de penumbra.
Para amarte y amar
tu escarcha matutina,
los espacios cenicientos de tu curvo territorio
apuntan
a túneles sembrados y caléndulas,
mientras el azahar de las cumbres deletrea
las perlas del invierno y la llovizna.
Para que fueras amada
y el declive del día
encendiera las lianas
ciñéndose
para que fueras amada y amarte
descolgándose fue el tiempo
y engarzó
su música ondulada.
Hector Alberto Villarruel
en un rincón de espesas oquedades
en el que las azaleas alternan su estatura
con bosquejos espontáneos de luciérnagas,
y donde los pliegues clandestinos
de la memoria de las piedras
arrugan sus muecas afiladas
en un horizonte de penumbra.
Para amarte y amar
tu escarcha matutina,
los espacios cenicientos de tu curvo territorio
apuntan
a túneles sembrados y caléndulas,
mientras el azahar de las cumbres deletrea
las perlas del invierno y la llovizna.
Para que fueras amada
y el declive del día
encendiera las lianas
ciñéndose
para que fueras amada y amarte
descolgándose fue el tiempo
y engarzó
su música ondulada.
Hector Alberto Villarruel
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