Nicolas Bera
Poeta recién llegado
Para mi forma callada existe la forma que proclama el alboroto,
la impávida costumbre de sopesar tus miradas desligan el invierno,
y el tono en cual se ofende tu caricia suaviza las arrugas mientras
sollozo se desnuda el timbre de tu piel escarchada cual sutileza.
Para mi forma desnuda no existe trapecio que lo incomode,
como barra sobre tu piel escarlata se posa alegre la lluvia
de mis caricias, y como un tono que se expande agradezco
a la noche sopesada por tus piernas entre la cama y mi espada.
A veces poso tranquilo por donde se mece el mundo,
varado en la ventada cuan llovizna congelada invade
nuestro patíbulo de besos y ropas desarregladas.
El vino tinto más ateo que nuestras almas se
contradice al caerse entre las uñas del cuarto
por donde la embriaguez sucumbe al espíritu.
Se ha escondido bien el rostro por donde
paseaba la trémula pavura de tus pechos,
te sostienes de espaldas y a mi lascivia
quebrantas como tiempo que se derrumba.
La vida nos comunica con su punto de muerte
y miedo la desdoblada verdad que nos impulsa
a revolcarnos entre el vino y el suelo, entre la cama
y la ventana, y sobre la llama que aún nos quema.
Un chillido más delgado que el pensamiento
descansa sobre tu tez de amargura celeste,
enredados en las palmas de nuestros cuerpos
se detiene la noche para proclamar el día
y como agonía del goce más juvenil que el sol,
se posa, nuevamente, la figura desnuda de
nuestras almas sobre la vieja Viena, que
como un ciclo nos vuelve a meter en el frío.
la impávida costumbre de sopesar tus miradas desligan el invierno,
y el tono en cual se ofende tu caricia suaviza las arrugas mientras
sollozo se desnuda el timbre de tu piel escarchada cual sutileza.
Para mi forma desnuda no existe trapecio que lo incomode,
como barra sobre tu piel escarlata se posa alegre la lluvia
de mis caricias, y como un tono que se expande agradezco
a la noche sopesada por tus piernas entre la cama y mi espada.
A veces poso tranquilo por donde se mece el mundo,
varado en la ventada cuan llovizna congelada invade
nuestro patíbulo de besos y ropas desarregladas.
El vino tinto más ateo que nuestras almas se
contradice al caerse entre las uñas del cuarto
por donde la embriaguez sucumbe al espíritu.
Se ha escondido bien el rostro por donde
paseaba la trémula pavura de tus pechos,
te sostienes de espaldas y a mi lascivia
quebrantas como tiempo que se derrumba.
La vida nos comunica con su punto de muerte
y miedo la desdoblada verdad que nos impulsa
a revolcarnos entre el vino y el suelo, entre la cama
y la ventana, y sobre la llama que aún nos quema.
Un chillido más delgado que el pensamiento
descansa sobre tu tez de amargura celeste,
enredados en las palmas de nuestros cuerpos
se detiene la noche para proclamar el día
y como agonía del goce más juvenil que el sol,
se posa, nuevamente, la figura desnuda de
nuestras almas sobre la vieja Viena, que
como un ciclo nos vuelve a meter en el frío.
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