Sira
Poeta fiel al portal
Parabienes y distopías
Ya queda poco, casi nada. Apenas nada.
Muy poco, en verdad, antes de que el narcótico elixir del olvido
borre las últimas trazas de los recuerdos que aún corren por mis venas.
Antes de que nos demos cuenta, en muy corto tiempo,
el gran paso será irrevocable; definitivo.
O tal vez, sea más certero suponer que eso es lo que tú esperas.
Desearía que no me importara, que no me doliera.
Que tanto tu vida como la misma presunción de tu muerte
me resultasen intrascendentes, carentes de interés.
No más que una quemazón efímera y pasajera.
Sin embargo, el arraigo de tus raíces en mi corazón y mi conciencia
es denodado y persistente.
Para serte sincera, las siento todavía hoy, arañándome desde dentro.
Hiriéndome muy profundamente.
En ocasiones, el dolor es tan intenso que no conoce consuelo,
pero otras veces, las trazas de turbias remembranzas
me recorren mansamente; como el eco de ultratumba de un Edén
imaginario que nunca ha existido más allá de las fronteras
de mi imperfecto raciocinio y de mi propia, ofuscada mente.
El fruto baldío de una utopía embaucadora, desestructurada
y, a tenor de los resultados, quizás un poco demente.
Creo que eso es todo, sé que no es mucho.
Todo lo que me restaba por decirte, en el improbable caso
de que te dejaras caer por este rincón y decidieras, de nuevo, leerme.
Tu secreto está a salvo conmigo, así que aun cuando mis palabras suenen
vacías, huecas e insinceras, te doy la enhorabuena.
En lo que a mí respecta, puedes enterrarme bajo tierra para siempre
tal y como ya hiciste en un pasado reciente; ni mucho menos tan lejano.
A pesar de que tú parezcas -o pretendas- haberlo olvidado.
Ya queda poco, casi nada. Apenas nada.
Muy poco, en verdad, antes de que el narcótico elixir del olvido
borre las últimas trazas de los recuerdos que aún corren por mis venas.
Antes de que nos demos cuenta, en muy corto tiempo,
el gran paso será irrevocable; definitivo.
O tal vez, sea más certero suponer que eso es lo que tú esperas.
Desearía que no me importara, que no me doliera.
Que tanto tu vida como la misma presunción de tu muerte
me resultasen intrascendentes, carentes de interés.
No más que una quemazón efímera y pasajera.
Sin embargo, el arraigo de tus raíces en mi corazón y mi conciencia
es denodado y persistente.
Para serte sincera, las siento todavía hoy, arañándome desde dentro.
Hiriéndome muy profundamente.
En ocasiones, el dolor es tan intenso que no conoce consuelo,
pero otras veces, las trazas de turbias remembranzas
me recorren mansamente; como el eco de ultratumba de un Edén
imaginario que nunca ha existido más allá de las fronteras
de mi imperfecto raciocinio y de mi propia, ofuscada mente.
El fruto baldío de una utopía embaucadora, desestructurada
y, a tenor de los resultados, quizás un poco demente.
Creo que eso es todo, sé que no es mucho.
Todo lo que me restaba por decirte, en el improbable caso
de que te dejaras caer por este rincón y decidieras, de nuevo, leerme.
Tu secreto está a salvo conmigo, así que aun cuando mis palabras suenen
vacías, huecas e insinceras, te doy la enhorabuena.
En lo que a mí respecta, puedes enterrarme bajo tierra para siempre
tal y como ya hiciste en un pasado reciente; ni mucho menos tan lejano.
A pesar de que tú parezcas -o pretendas- haberlo olvidado.
Última edición: