En quinto participaba en un equipo de baloncesto.
Yo era alto para mi edad
y hacía buenas jugadas,
nunca antes me había sentido tan orgulloso;
y el día del último partido
había llegado.
-¡El de las gafas!¡Tapad al de las gafas!-
gritaba el otro entrenador contra mí.
Unos cuantos chavales gritaban
en las gradas.
Los padres solo aplaudían desinteresadamente
con cada canasta.
Ganamos de 8. Mi padre
jamás
estuvo
allí.
Mi madre sonreía
con mi hermana en los brazos.
Por la tarde mi padre me llevo
a uno de sus bares
y mientras él se tomaba uno
de sus
"zumos fuertes"
le pregunté
"¿Por qué no has podido venir?
¿Tenías trabajo?"
-¡Aaaah!- contestaba ahogado-
¿ahora me vas a dar la tabarro con eso?
no te columpies,
que el partido no era tan importante,
casi no habéis jugado contra otros equipos,
eso no era ni una liga.
Cuando llegué a casa se lo conté a mi madre.
A ella no le parecía mal lo que decía mi padre.
Decía que quizás el partido
tampoco había sido para tanto,
que nadie tenia
esperanzas
en nosotros
de que ganáramos.
No entendía cómo mi madre
le defendía
con lo mucho que se gritaban.
Estas cosas forjaban
a fuego
mi
indiferencia.
Y prefería no tener
ningún sentimiento
hacia él
que odiarle.
Era el triste
aroma alcohólico
de la infantil venganza.
Yo era alto para mi edad
y hacía buenas jugadas,
nunca antes me había sentido tan orgulloso;
y el día del último partido
había llegado.
-¡El de las gafas!¡Tapad al de las gafas!-
gritaba el otro entrenador contra mí.
Unos cuantos chavales gritaban
en las gradas.
Los padres solo aplaudían desinteresadamente
con cada canasta.
Ganamos de 8. Mi padre
jamás
estuvo
allí.
Mi madre sonreía
con mi hermana en los brazos.
Por la tarde mi padre me llevo
a uno de sus bares
y mientras él se tomaba uno
de sus
"zumos fuertes"
le pregunté
"¿Por qué no has podido venir?
¿Tenías trabajo?"
-¡Aaaah!- contestaba ahogado-
¿ahora me vas a dar la tabarro con eso?
no te columpies,
que el partido no era tan importante,
casi no habéis jugado contra otros equipos,
eso no era ni una liga.
Cuando llegué a casa se lo conté a mi madre.
A ella no le parecía mal lo que decía mi padre.
Decía que quizás el partido
tampoco había sido para tanto,
que nadie tenia
esperanzas
en nosotros
de que ganáramos.
No entendía cómo mi madre
le defendía
con lo mucho que se gritaban.
Estas cosas forjaban
a fuego
mi
indiferencia.
Y prefería no tener
ningún sentimiento
hacia él
que odiarle.
Era el triste
aroma alcohólico
de la infantil venganza.