José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
PASEO DEL FUTURO…
Hoy Lunes de Pascua hacía un día soleado, con ese calor que te abraza y no quieres que te deje. Me fui a pasear con mis dos perritos, Tango y Nala. Mientras ellos estaban a lo suyo, olisqueando, corriendo, jugando, mi vista se desvió hacia dos seres que parecía llevaran toda la ternura acumulada en su caminar. Fue una escena entrañable, un señor, de muchos años y su amigo, al que llevaba atado con una correa, un “gran señor perro”, al que también se le adivinaban bastantes paseos. Tenían un avanzar lento, pero el señor con un paso corto y desacompasado, siguiendo a su perro que marcaba el camino y la velocidad de crucero, pero no el ritmo. Su paso era lento y elegante, sin llegar nunca a tensar la correa, con la cabeza alta, orgulloso de su existencia. Se detuvo al observar a mis perritos, les echó una mirada amable, como si quisiera recordar cuando él jugaba. Su dueño se detuvo a su lado, agradeciendo la parada, y observó la escena. Entonces se inclinó hacia su amigo y le acarició pasándole la mano por la cabeza dándole un beso, lleno de tierna complicidad. Se miraron y siguieron su marcha, con la misma cadencia, pero desbordando cariño y felicidad. No llegué a ver nostalgia del pasado en sus ojos. Lo que sí vi, fue un inmenso amor en su caminar hacia el futuro, en su futuro, en el que ya estaban. Entonces pasé de la sonrisa a la tristeza en lo que dura un pestañeo y una angustia se me alojó en el corazón. Ellos estaban seguros y preparados para su futuro, que estaban viviendo ya, en ese momento. Yo, todavía no. Ni siquiera lo estaba para mi presente. Entonces llamé a mis perritos con un silbido corto, les puse las correas y abandonamos el lugar del encuentro, con un paso que no distaba mucho del de los “señores del futuro”.
Hoy, ha pasado un año desde aquel lunes de Pascua y he vuelto al mismo lugar, para encontrarme otra vez con la misma escena. Pero no tuve la suerte de volver a verlos.
Quizá, ya estén paseando por otro lugar…
Hoy Lunes de Pascua hacía un día soleado, con ese calor que te abraza y no quieres que te deje. Me fui a pasear con mis dos perritos, Tango y Nala. Mientras ellos estaban a lo suyo, olisqueando, corriendo, jugando, mi vista se desvió hacia dos seres que parecía llevaran toda la ternura acumulada en su caminar. Fue una escena entrañable, un señor, de muchos años y su amigo, al que llevaba atado con una correa, un “gran señor perro”, al que también se le adivinaban bastantes paseos. Tenían un avanzar lento, pero el señor con un paso corto y desacompasado, siguiendo a su perro que marcaba el camino y la velocidad de crucero, pero no el ritmo. Su paso era lento y elegante, sin llegar nunca a tensar la correa, con la cabeza alta, orgulloso de su existencia. Se detuvo al observar a mis perritos, les echó una mirada amable, como si quisiera recordar cuando él jugaba. Su dueño se detuvo a su lado, agradeciendo la parada, y observó la escena. Entonces se inclinó hacia su amigo y le acarició pasándole la mano por la cabeza dándole un beso, lleno de tierna complicidad. Se miraron y siguieron su marcha, con la misma cadencia, pero desbordando cariño y felicidad. No llegué a ver nostalgia del pasado en sus ojos. Lo que sí vi, fue un inmenso amor en su caminar hacia el futuro, en su futuro, en el que ya estaban. Entonces pasé de la sonrisa a la tristeza en lo que dura un pestañeo y una angustia se me alojó en el corazón. Ellos estaban seguros y preparados para su futuro, que estaban viviendo ya, en ese momento. Yo, todavía no. Ni siquiera lo estaba para mi presente. Entonces llamé a mis perritos con un silbido corto, les puse las correas y abandonamos el lugar del encuentro, con un paso que no distaba mucho del de los “señores del futuro”.
Hoy, ha pasado un año desde aquel lunes de Pascua y he vuelto al mismo lugar, para encontrarme otra vez con la misma escena. Pero no tuve la suerte de volver a verlos.
Quizá, ya estén paseando por otro lugar…