kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
PASEO
Cuando la metafísica del dolor se entrevera
en el circunspecto discurso de la lógica
no esperes que nadie te entienda.
Ni siquiera tendrás a tu lado
a la gente que te quiere con locura.
Cuando la consciencia se te abra
como el capullo de una amapola
y tengas la mala suerte de que tu mente alcaloide
se te presente como un páramo yermo,
muerde el trapo con fuerza
porque vas a sufrir.
Y que sepas que al ruido del mundo le importa una mierda
que implores clemencia
o que tu pecho sangre amapolas.
Yo quiero ser poeta, maldita sea, ¡claro que sí!,
pero sin ser jodido por mis demonios.
Por eso tengo la intención de recorrer mi mente
en alineación recta para así volver
a la misma posición
pero habiéndola pensado como si fuera un Dios.
Hace falta pasear sobre las ascuas de la vida hasta comprenderse.
Hace falta caminar por las teselas neuróticas que se expanden
en nuestras pequeñas cabecitas humanas.
Y hay que aceptar que, en ese viaje, a veces,
los desencuentros te dejan huérfano de ti
y te sorprendes acurrucado y solo en la trinchera
esperando a que escampe la tormenta.
Pero es que a los demonios solo se les vence
mirándolos a la cara.
Necesito pasear…
Bajo por la calle Montera.
Un chulo de puta se dirige con desprecio a su esclava
mientras que en la misma acera un grupo de suecas
se desquita de la fusta luterano calvinista
trasegando tintos de verano y deglutiendo paella
como si no hubiera mañana.
Cruzo la Puerta del Sol y dejo atrás a varios humanos
cocidos bajo un oso de peluche enorme.
Una niña abrazada a una muñeca de trapo
se le queda mirando a uno de ellos
desde el refugio de su carrito.
Unos jovencísimos Senegaleses extienden sus mantones
frente a un rebaño de ingleses adolescentes
que lamen extasiados el devenir líquido y grasiento
de sus gigantescas bolas de helado.
Subo por la calle Esparteros y me encuentro a un niño
que ayuda a su hermano a mear en un alcorque
mientras el padre grita por el móvil
y la madre lo besa con sus labios operados
perfilando su boca con la sangre que gotea
del colmillo del depredador,
para acto seguido cruzar taconeando la calle
y entrar con un vaivén de cadera en una tienda de arte sacro.
Me encuentro con uno de los hombres peluche
desvistiéndose de su infancia caníbal
en la esquina de un jardincillo
de la calle Santo Tomás.
Sigo mi viaje por la calle de Los Estudios.
A un frutero se le cae una caja repleta de arándanos.
¡Me cago en mis muertos!, ¡su puta madre!,
grita el frutero mientras un coche
decora la calzada con brillantes lunares azules
dejando un hermoso cielo de Van Gogh.
Llego a la plaza de Cascorro
y me cruzo con dos chavales
que anudan y desnudan sus lenguas
frente a la fundación de Mensajeros por la Paz.
Camino por la Ronda de Toledo, avanzo por calle Bailén
y de pronto me encuentro con una mujer que solloza
apoyada contra un portal.
Su mirada es una vara de hierro
hendida en el cuerpo que yace junto al bordillo de la acera.
Un puto cadáver bajo una sábana blanca.
Siempre estamos a un solo paso,
aunque después demos el siguiente,
siempre estamos a un solo paso.
La vida es lo que está en juego mientras cruzas
el viaducto de Bailén
y te das cuenta de que eres el único juez
que podrá levantar y revivir el cadáver
de tu propia condición.
Y es que al ruido del mundo le importa una mierda,
una verdadera mierda,
que tu pecho sangre amapolas
o que te vayas alejando de todos los seres
que siempre te amaron (y te amarán)
con locura.
Kalkbadan
Madrid, 4 de julio de 2022
Cuando la metafísica del dolor se entrevera
en el circunspecto discurso de la lógica
no esperes que nadie te entienda.
Ni siquiera tendrás a tu lado
a la gente que te quiere con locura.
Cuando la consciencia se te abra
como el capullo de una amapola
y tengas la mala suerte de que tu mente alcaloide
se te presente como un páramo yermo,
muerde el trapo con fuerza
porque vas a sufrir.
Y que sepas que al ruido del mundo le importa una mierda
que implores clemencia
o que tu pecho sangre amapolas.
Yo quiero ser poeta, maldita sea, ¡claro que sí!,
pero sin ser jodido por mis demonios.
Por eso tengo la intención de recorrer mi mente
en alineación recta para así volver
a la misma posición
pero habiéndola pensado como si fuera un Dios.
Hace falta pasear sobre las ascuas de la vida hasta comprenderse.
Hace falta caminar por las teselas neuróticas que se expanden
en nuestras pequeñas cabecitas humanas.
Y hay que aceptar que, en ese viaje, a veces,
los desencuentros te dejan huérfano de ti
y te sorprendes acurrucado y solo en la trinchera
esperando a que escampe la tormenta.
Pero es que a los demonios solo se les vence
mirándolos a la cara.
Necesito pasear…
Bajo por la calle Montera.
Un chulo de puta se dirige con desprecio a su esclava
mientras que en la misma acera un grupo de suecas
se desquita de la fusta luterano calvinista
trasegando tintos de verano y deglutiendo paella
como si no hubiera mañana.
Cruzo la Puerta del Sol y dejo atrás a varios humanos
cocidos bajo un oso de peluche enorme.
Una niña abrazada a una muñeca de trapo
se le queda mirando a uno de ellos
desde el refugio de su carrito.
Unos jovencísimos Senegaleses extienden sus mantones
frente a un rebaño de ingleses adolescentes
que lamen extasiados el devenir líquido y grasiento
de sus gigantescas bolas de helado.
Subo por la calle Esparteros y me encuentro a un niño
que ayuda a su hermano a mear en un alcorque
mientras el padre grita por el móvil
y la madre lo besa con sus labios operados
perfilando su boca con la sangre que gotea
del colmillo del depredador,
para acto seguido cruzar taconeando la calle
y entrar con un vaivén de cadera en una tienda de arte sacro.
Me encuentro con uno de los hombres peluche
desvistiéndose de su infancia caníbal
en la esquina de un jardincillo
de la calle Santo Tomás.
Sigo mi viaje por la calle de Los Estudios.
A un frutero se le cae una caja repleta de arándanos.
¡Me cago en mis muertos!, ¡su puta madre!,
grita el frutero mientras un coche
decora la calzada con brillantes lunares azules
dejando un hermoso cielo de Van Gogh.
Llego a la plaza de Cascorro
y me cruzo con dos chavales
que anudan y desnudan sus lenguas
frente a la fundación de Mensajeros por la Paz.
Camino por la Ronda de Toledo, avanzo por calle Bailén
y de pronto me encuentro con una mujer que solloza
apoyada contra un portal.
Su mirada es una vara de hierro
hendida en el cuerpo que yace junto al bordillo de la acera.
Un puto cadáver bajo una sábana blanca.
Siempre estamos a un solo paso,
aunque después demos el siguiente,
siempre estamos a un solo paso.
La vida es lo que está en juego mientras cruzas
el viaducto de Bailén
y te das cuenta de que eres el único juez
que podrá levantar y revivir el cadáver
de tu propia condición.
Y es que al ruido del mundo le importa una mierda,
una verdadera mierda,
que tu pecho sangre amapolas
o que te vayas alejando de todos los seres
que siempre te amaron (y te amarán)
con locura.
Kalkbadan
Madrid, 4 de julio de 2022
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