Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
PASIONES
Levanto quejas que bien pueden estacionarse en la memoria.
Tengo sed de alma pura, de vuelo virgen;
elevo mi mirada gananciosa a este cielo que entrometido en mis butacas
ahora nieva mis páginas,
trasluce en álgidas rogativas de nubes
la escritura lacustre de quien se quedó dormido en la sombra.
Pero despierto en otro clima,
divago porque no siempre está de más la mirada perdida,
ni la certidumbre de sembrar en la arena una placenta
que vaya a vapulear mis torpes misiones en la nada.
Tanta, tanta pasión siembro en estas páginas,
no me bastará saber que hallo nombres roídos en los rostros,
Que a secas, en los vastos andenes de la calle, se ha tostado para siempre
mi seguridad en la intemperie;
el barro del hombre que desmorona su seguridad en huecas esperanzas.
A quién exigir estos derechos volubles sobre el polvo?
A quién denunciar si la culpabilidad habita en la sangre?
Si solo se hereda en el traslado de la sombra hacia el ombligo,
desde la tierra a la difunta heredad del sepulcro?
Despierto así a otro clima,
a otro lugar que ya no es cifra, abecedario, núcleo,
sino la pasión corrugada de quien ha visto por ahí aleteando sin rumbos
el trabajo del mundo en los renglones torcidos del hombre.
Levanto quejas que bien pueden estacionarse en la memoria.
Tengo sed de alma pura, de vuelo virgen;
elevo mi mirada gananciosa a este cielo que entrometido en mis butacas
ahora nieva mis páginas,
trasluce en álgidas rogativas de nubes
la escritura lacustre de quien se quedó dormido en la sombra.
Pero despierto en otro clima,
divago porque no siempre está de más la mirada perdida,
ni la certidumbre de sembrar en la arena una placenta
que vaya a vapulear mis torpes misiones en la nada.
Tanta, tanta pasión siembro en estas páginas,
no me bastará saber que hallo nombres roídos en los rostros,
Que a secas, en los vastos andenes de la calle, se ha tostado para siempre
mi seguridad en la intemperie;
el barro del hombre que desmorona su seguridad en huecas esperanzas.
A quién exigir estos derechos volubles sobre el polvo?
A quién denunciar si la culpabilidad habita en la sangre?
Si solo se hereda en el traslado de la sombra hacia el ombligo,
desde la tierra a la difunta heredad del sepulcro?
Despierto así a otro clima,
a otro lugar que ya no es cifra, abecedario, núcleo,
sino la pasión corrugada de quien ha visto por ahí aleteando sin rumbos
el trabajo del mundo en los renglones torcidos del hombre.