Ángel33
Poeta recién llegado
Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo.
Así era Pedro Gonzalo Pérez González, cuya circunstancia no era otra que el mismo. Es curioso como para poder vivir de manera auténtica debe abandonar lo que le hace a ser a sí mismo.
Es por eso que tras meditarlo con la almohada, se levantó temprano, decidido a cambiar su circunstancia. Eso sí, cuando abrió los ojos parecía que querían escapar de su orbita, y bueno a su mandíbula le sucedía casi lo mismo. Era como si su alma trataba de hacerse paso al exterior, a base de empujones.
Tras tomarse aquello que le hacía persona, algo a lo que él llamaba “café”, pero que desde luego que ni se asemejaba, lo que hacía era meter los granos en agua caliente y beberse ese “brebaje” como si fuera lo más normal del mundo.
Pedro Gonzalo Pérez González se sentía igual de cansado que antes, y se preguntaba por qué, si siempre le hacía sentirse como si hubiera revivido, de aquella muerte temporal que para él, era dormir. Lo que pasó, fue que puso once granos de café, en vez de lo doce que era lo que acostumbraba a ponerse todas las mañanas.
Una vez vestido con su mejores trapos (el uniforme de su trabajo), se dirigió a la casa de empeños, con la intención de vender todos los trastos de valor que había encontrado por su casa, y los había ido metiendo en su petate conforme los iba hallando, para haceros una idea, el estado en el que se encontraba alguno, rozaba la chatarra.
A la vez que se comía su tostada de manteca, y con la suerte suya de que se le cayó un pegote bastante notorio en la ropa, se paró en medio de la carretera como si nada, a limpiárselo, con la grandísima suerte de que un coche que no lo vio, lo atropelló en seco. Y Pedro Gonzalo Pérez González voló un buen par de metros, aterrizando como un saco de patatas, muerto en el acto.
Al final, la circunstancia de Pedro Gonzalo Pérez González, acabó siendo la muerte, y no ser él mismo, como él creía.
Así era Pedro Gonzalo Pérez González, cuya circunstancia no era otra que el mismo. Es curioso como para poder vivir de manera auténtica debe abandonar lo que le hace a ser a sí mismo.
Es por eso que tras meditarlo con la almohada, se levantó temprano, decidido a cambiar su circunstancia. Eso sí, cuando abrió los ojos parecía que querían escapar de su orbita, y bueno a su mandíbula le sucedía casi lo mismo. Era como si su alma trataba de hacerse paso al exterior, a base de empujones.
Tras tomarse aquello que le hacía persona, algo a lo que él llamaba “café”, pero que desde luego que ni se asemejaba, lo que hacía era meter los granos en agua caliente y beberse ese “brebaje” como si fuera lo más normal del mundo.
Pedro Gonzalo Pérez González se sentía igual de cansado que antes, y se preguntaba por qué, si siempre le hacía sentirse como si hubiera revivido, de aquella muerte temporal que para él, era dormir. Lo que pasó, fue que puso once granos de café, en vez de lo doce que era lo que acostumbraba a ponerse todas las mañanas.
Una vez vestido con su mejores trapos (el uniforme de su trabajo), se dirigió a la casa de empeños, con la intención de vender todos los trastos de valor que había encontrado por su casa, y los había ido metiendo en su petate conforme los iba hallando, para haceros una idea, el estado en el que se encontraba alguno, rozaba la chatarra.
A la vez que se comía su tostada de manteca, y con la suerte suya de que se le cayó un pegote bastante notorio en la ropa, se paró en medio de la carretera como si nada, a limpiárselo, con la grandísima suerte de que un coche que no lo vio, lo atropelló en seco. Y Pedro Gonzalo Pérez González voló un buen par de metros, aterrizando como un saco de patatas, muerto en el acto.
Al final, la circunstancia de Pedro Gonzalo Pérez González, acabó siendo la muerte, y no ser él mismo, como él creía.