Apenado en su amargo cantar, el niño pálido y de verdes ojos como la mar se enamoró de una encandilada muchacha. Toda ella ataviada con un manto real. Qué serán de sus sollozos que, cual perlas de sangre, caen al lustroso pavimento de su palaciego hogar. Por las profundas veredas de una noche de San Juan los lugareños lo vieron apesadumbrado caminar. Se inclinaba hacia tierra para cortar un bello alhelí. Pero cuando estaba presto a cortarlo lo divisó el fantasma penitente de su dulce amada. Que en tristeza profunda por la muerte de su padre, con potente veneno se había quitado su dulce y bienhechora vida de melódico musitar. Ahora se siente solo, apesadumbrado. No quiere en su espíritu a nadie más recordar. Ni el odio ni la muerte hacen ya mella calenturienta en su corazón: coronado con espinas trenzadas de algún rosal eterno que bien sabe lo que es suspirar por pena profunda de Amor.