​Pena de muerte
Sabía que la suerte estaba echada
con naipes de traición sin gallardía.
Seguro que a la muerte sucumbía,
el alma por el diablo arrebatada.
Fijando en el vacío su mirada
la cuerda poco a poco se ceñía
y pronto su gaznate tronzaría
quebrándole una vida desgraciada.
Y el pueblo aclamaría la injusticia,
la bárbara y horrible ejecución
de un hombre condenado a la inmundicia
del odio, la venganza y la opresión.
El rito de la muerte ya se inicia
y el cura le dedica su sermón.
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