Risueño como la blanca aurora en olorosos campos de heno voy soñando despierto en amoríos juveniles. Sus imágenes frágiles las cazo al vuelo de mi intuición de noble sarcófago egipcio. Pero cuando ya están reflejadas en el interior del espejo bruñido de mi conciencia se deshacen, se deshilvanan en hebras de una especie de tejido desconocido. Entonces, abro los ojos y me contemplo con mis pies perfumados caminando por una ladera donde el sol golpea con su furibundo odio. Tostado y calentado a un nivel que mi corazón parece que va a salir catapultado de mi noble pecho de ajuar antiquísimo. Me freno en seco y razono sobre los avatares aciagos de mi destino de sordomudo; y no puedo más que hacer caer una lágrima reconcentrada de pena profunda que cala hasta lo más hondo de la dermis sagrada de la madre tierra. Entonces, decido volver a dormir. Tumbado a los pies de la sombra espectral que ya la luna menguante proyecta sobre mi cuerpo rocoso.