kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
PEPE, EL DEL FERRY
Hablábamos de tantas cosas.
Hablábamos de música, de fotografía,
del futuro de los robots,
y de cómo demoler el jodido muro rodillero
de aquella molesta barra de tu bar
que a mí nunca me molestó.
¡Pero daba igual!,
el fondo era siempre el mismo:
disertábamos sobre lo bello
que resultaba sentirse vivo.
Hablábamos de la belleza en todos sus términos.
Tú, predicabas con el ejemplo…, yo, no tanto.
Ese carácter ácrata, tan tuyo,
fue el que te empujó a ser un gran músico,
a ser el mejor cocinero del barrio,
a ser una persona
tremendamente especial.
Conozco bien esa apuesta tuya por la libertad,
ese «cueste lo que cueste»,
ese profundo amor por el amor propio
para así poder amar al prójimo
como se merece.
El espíritu de la golondrina
es algo que siempre he sentido (y sufrido)
muy cercano.
Cuántas veces me habré repetido, Pepe,
aquello de que nadie dijo que fuera fácil
vivir en libertad.
Yo, padre viejo, tú, padre joven,
hablábamos de todo,
pero sobre todo de los hijos.
Hablábamos de cuándo los hijos son niños
y de cuándo, de pronto, se pierden
allá por la niebla de su andén…
Solo dejándolos volar
volverán al nido que los vio crecer.
Yo te contaba lo que tú ya sabías
y en la gravedad tierna de tu mirada
sentía el giro de un coro de galaxias
agarradas por sus puntas.
Tu arrebatadora inteligencia
brillaba, entonces, como nunca
en la semántica de aquel silencio fraterno.
Siempre tuve la impresión de que jamás
soltaste de la mano al niño que fuiste.
La semana pasada me acerqué al Ferry
y me contaron que el domingo anterior
el puto tiempo se había exiliado definitivamente
de tu cuerpo.
Es curioso como al irte
todo lo compartido se elevó a lo abstracto
disolviéndose tu legado en el mundo de lo poético,
en esa nada universal de la que ya nadie es notario.
Cómo me sobrecoge la naturalidad de tu lucha…
Me estremece lo poderosa que resulta la vida
incluso al borde mismo de la muerte.
Y es que tú, amigo, eras pura vida,
eras un brote verde en las acacias
que se vio sorprendido por una helada de marzo.
Al salir de lo que fue tu bar
me crucé con una mujer
que llevaba las mismas botas rojas
de aquella fotografía que me enseñaste.
De cuántas cosas hablamos, sí,
pero cuánto quedó por hablar…
Y ahora, aquí estoy,
cosiendo a golpe de luz
los retales de tu poesía.
Me alegra sentir, compañero,
que en este maravilloso idus de marzo primaveral,
como yo, habrá mucha gente recordándote
y disfrutando, de algún modo,
de ese profundo amor por la vida
que nos dejaste.
Kalkbadan
En Madrid, a 15 de marzo de 2019
Última edición: