Pepón y el moscardón.

José Ignacio Ayuso Diez

Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
PEPÓN Y EL MOSCARDÓN.

‑¡Mamá, mamá, hay un moscardón en mi habitación! ¡Ven, corre!

‑¡Mamáaaaaaa! ¡Está loco, se choca contra la ventana, otra vez lo ha hecho y otra, va a romper el cristal!—gritaba aterrorizado.

‑Qué gritos son esos Pepón, vas a despertar a tu abuelo.

La mamá de Pepón entró en su habitación y vio a éste de rodillas, gritando, protegiéndose la cabeza con un almohadón y en el aire revoloteando un enorme moscardón.

El moscardón aprovechó para salir por la puerta. Empezó a recorrer la casa de un lado a otro, se chocaba con ventanas, espejos, revoloteaba alrededor de las bombillas luminosas. Volaba tan deprisa que era imposible atraparlo; la mamá de Pepón cogió un matamoscas e intentó cazarlo dando golpes ¡Zas! ¡Zas! contra la pared, contra las ventanas ¡Zas! contra las puertas y nada, nunca le daba.

El moscardón entró en el salón, su zumbido se confundía con los ronquidos del abuelo dormilón, “ziiiisuuussssiiizzzuuu… rgrrrraaaarrrrgoooo…” hasta que de repente se dejó de escuchar el “zzzuuusssiiiizzuuuu” del moscardón. No lo veían ni oían, miraban por todas partes y nada, hasta que Pepón lo vio posado en la nariz de su abuelo Ramón. Entonces, con el almohadón, atizó un gran golpe, que fue a dar en la cara del abuelo, quién de un gran salto y asustado, se levantó del sillón dando gritos de terror.

‑¡Socorro, socorro!—gritaba. (Soñaba que una ballena gigante en la cara le aporreaba). Cuando de repente se dio cuenta que estaba en el salón y que allí, con cara de pocos amigos estaban su hija y su nieto Pepón; la una, con un matamoscas y el otro, con un almohadón. (¿Le querían sacudir?)

‑Qué hacéis? - preguntó. ‑Por qué me miráis así? -y los dos al unísono señalaron al moscardón, que se había posado esta vez en el asa de un jarrón, de un jarrón de porcelana que decoraba el salón.

‑¡Mira abuelo está ahí! ¡Es enorme!- y el abuelo que lo vio, les dijo: ‑“pero todo este jaleo por este bichejo peludo, ¡dejadme a mí, ya veréis! -visto y no visto, el abuelo sin pensarlo le atizó con el bastón, sin darse cuenta que estaba sobre el asa del jarrón. Y “cataplán plin plon” el jarrón en trocitos al suelo cayó. El moscardón lo había esquivado y seguía volando dando vueltas sobre el abuelo y su bastón. A la mamá no le dio tiempo a gritar ( ‑¡Cuidado con el jarrón!) con cara furiosa miró al abuelo y al moscardón. Entonces Pepón se llenó de valor, se subió al sofá y dio un gran salto volando con el almohadón yyyy… ¡Zas!

El moscardón allí estaba tumbado sobre el suelo del salón, con las patas hacia arriba sujetando el bastón. No había manera, era fuerte como un toro, veloz como un avión. Pero Pepón ya no le tenía miedo y otra vez se fue a por él; con el matamoscas de su madre y el bastón de su abuelo Ramón, uno en cada mano, parecía un helicóptero sin motor, atizando con coraje, sin descanso y con tesón.

Al ver el moscardón al valiente Pepón con esa determinación, se puso de rodillas y le pidió perdón, le prometió irse si le abría la puerta del balcón y, no volvería más. No quería molestarles, solo quería vivir en paz y más ahora, cuando llega La Navidad. Entonces, Pepón conmovido, abrió la puerta del balcón y dejó que se marchara el peludo moscardón.

Su abuelo y su mamá corrieron a abrazarle y le besaron con cariño y ternura, que emoción al mirarles; estaban orgullosos de su buena acción, había sido capaz de perdonar a aquel moscardón, aunque fuera feo y peludo y hubiera roto el jarrón.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado y ahora, si no os importa, me pongo a pegar el jarrón.
 
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PEPÓN Y EL MOSCARDÓN.

‑¡Mamá, mamá, hay un moscardón en mi habitación! ¡Ven, corre!

‑¡Mamáaaaaaa! ¡Está loco, se choca contra la ventana, otra vez lo ha hecho, y otra, va a romper el cristal!—gritaba aterrorizado.

‑Qué gritos son esos Pepón, vas a despertar a tu abuelo.

La mamá de Pepón entró en su habitación y vio a éste de rodillas, gritando, protegiéndose la cabeza con un almohadón y en el aire revoloteando, un enorme moscardón.

El moscardón aprovechó para salir por la puerta. Empezó a recorrer la casa de un lado a otro, se chocaba con ventanas, espejos, revoloteaba alrededor de las bombillas luminosas. Volaba tan deprisa que era imposible atraparlo; la mamá de Pepón cogió un matamoscas e intentó cazarlo dando golpes, ¡Zas! ¡Zas!, contra la pared, contra las ventanas, ¡Zas!, contra las puertas, y nada, nunca le daba.

El moscardón entró en el salón, su zumbido se confundía con los ronquidos del abuelo dormilón, “ziiiisuuussssiiizzzuuu… rgrrrraaaarrrrgoooo…” hasta que de repente, se dejó de escuchar el “zzzuuusssiiiizzuuuu” del moscardón. No lo veían ni oían, miraban por todas partes y nada; hasta que Pepón, lo vio posado en la nariz de su abuelo Ramón. Entonces, con el almohadón, atizó un gran golpe, que fue a dar en la cara del abuelo, quién de un gran salto y asustado, se levantó del sillón dando gritos de terror.

‑¡Socorro, socorro!—gritaba. (Soñaba que una ballena gigante en la cara le aporreaba). Cuando de repente se dio cuenta que estaba en el salón y que allí, con cara de pocos amigos estaban su hija y su nieto Pepón; la una, con un matamoscas y el otro, con un almohadón. (¿Le querían sacudir?)

‑Qué hacéis? - preguntó. ‑Por qué me miráis así? -y los dos al unísono señalaron al moscardón, que se había posado esta vez en el asa de un jarrón; de un jarrón de porcelana que decoraba el salón.

‑¡Mira abuelo está ahí! ¡Es enorme!- y el abuelo que lo vio, les dijo: ‑“pero todo este jaleo por este bichejo peludo, ¡dejadme a mí, ya veréis! -visto y no visto, el abuelo sin pensarlo le atizó con el bastón, sin darse cuenta que estaba sobre el asa del jarrón. Y “cataplán plin plon” el jarrón en trocitos al suelo cayó. El moscardón lo había esquivado y seguía volando dando vueltas sobre el abuelo y su bastón. A la mamá no le dio tiempo a gritar ( ‑¡Cuidado con el jarrón!) con cara furiosa miró al abuelo y al moscardón. Entonces Pepón se llenó de valor, se subió al sofá y dio un gran salto volando con el almohadón yyyy… ¡Zas!

El moscardón allí estaba tumbado sobre el suelo del salón, con las patas hacia arriba sujetando el bastón. No había manera, era fuerte como un toro, veloz como un avión. Pero Pepón ya no le tenía miedo y otra vez se fue a por él; con el matamoscas de su madre y el bastón de su abuelo Ramón, uno en cada mano, parecía un helicóptero sin motor, atizando con coraje, sin descanso y con tesón.

Al ver el moscardón al valiente Pepón con esa determinación, se puso de rodillas y le pidió perdón, le prometió irse si le abría la puerta del balcón y no volvería más. No quería molestarles, solo quería vivir en paz, y más ahora, cuando llega La Navidad. Entonces, Pepón conmovido, abrió la puerta del balcón y dejó que se marchara el peludo moscardón.

Su abuelo y su mamá corrieron a abrazarle y le besaron con cariño y ternura, que emoción al mirarles; estaban orgullosos de su buena acción, había sido capaz de perdonar a aquel moscardón, aunque fuera feo y peludo, y hubiera roto el jarrón.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado y ahora, si no os importa, me pongo a pegar el jarrón.
Las buenas acciones siempre son un presente unico. el relato es intenso y
en ocasiones casi como si cinematografia se tratara, los personajes viven
el momento con intensidad y una vitalidad que va increscendo de
principio a fin. me gusto mucho. saludos de luzyabsenta
 
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Prosa del MES


(Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios)

Muchas FELICIDADES

MUNDOPOESIA.COM
 
Las buenas acciones siempre son un presente unico. el relato es intenso y
en ocasiones casi como si cinematografia se tratara, los personajes viven
el momento con intensidad y una vitalidad que va increscendo de
principio a fin. me gusto mucho. saludos de luzyabsenta

Muchas gracias Luzyabsenta, me alegra que te haya gustado.
Un saludo. José I.
 

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