prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Electrocutada está mi sombra por hilos de luz.
Cada uno de mis ojos se ha separado en dos mitades
y ahora puedo sostener lo que mi infancia no pudo:
el buey que ardidamente subía la colina
sin presentir al difunto que, por inercia,
golpeaba los lados interiores del sarcófago
como si resucitase.
Cada uno de mis ojos está dividido en cuer y en vo.
Palabras que suenan a pájaro, pero no lo son.
¡Cómo te burlas, dios, de los amaneceres!
Haces que los caracoles asisten
a la apertura de un nuevo cementerio
y despues buscas mi nombre
para que tu saliva sea más creíble.
La baba de los caracoles
no se puede dedicar
porque no hay caracoles apátridas.
Si me dejas volver a lo mío
algún día, dios,
estare encantado de guilotinar pensamientos
y encantado de esperar que los pensamientos me guilotinen, a su turno,
y deshacerme, detenidamente,
como las canciones que dejan sobre la tela de un vestido de boda
el llanto aproximado
de un ser condenado a la infelicidad.
Cada uno de mis ojos se ha separado en dos mitades
y ahora puedo sostener lo que mi infancia no pudo:
el buey que ardidamente subía la colina
sin presentir al difunto que, por inercia,
golpeaba los lados interiores del sarcófago
como si resucitase.
Cada uno de mis ojos está dividido en cuer y en vo.
Palabras que suenan a pájaro, pero no lo son.
¡Cómo te burlas, dios, de los amaneceres!
Haces que los caracoles asisten
a la apertura de un nuevo cementerio
y despues buscas mi nombre
para que tu saliva sea más creíble.
La baba de los caracoles
no se puede dedicar
porque no hay caracoles apátridas.
Si me dejas volver a lo mío
algún día, dios,
estare encantado de guilotinar pensamientos
y encantado de esperar que los pensamientos me guilotinen, a su turno,
y deshacerme, detenidamente,
como las canciones que dejan sobre la tela de un vestido de boda
el llanto aproximado
de un ser condenado a la infelicidad.
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