Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Perdonen si llego tarde,
nunca fue el tiempo mi amigo;
trabajé desde muy niño
y cuando encuentro ocasión,
me tumbo por ver mejor
lo que me ofrece el destino.
Miro el mar y el monte miro,
el cielo, la tierra, todo
lo que cuando uno está solo
reclama sus prioridades.
Tanto entiendes, tanto vales;
de prestado me acomodo.
El destino es caprichoso,
la casualidad, presente;
y el futuro, si es que viene,
un convidado de piedra
que observa pero nos niega
la vista y el tacto... siempre.
Nací prematuramente
cuando nadie lo esperaba;
un hospital y una cama
fueron mi cuna primera.
Desde entonces las carreras
ni me obligan ni me calman.
Nacer con un cuerpo, un alma,
lo último en entredicho,
para encontrarse consigo
mismo, o con otros, con otras.
Todo suma, tomo nota,
y suscribo lo vivido.
Después, principio de siglo
pasadito ya de años.
No sé cuál será el amparo,
ni si el final recompensa
sudores o residencias
de ida y vuelta y de trabajos.
Tengo el cuerpo sentenciado
desde que llegué, y al tiempo,
que lluvias, calor y vientos
van menguando al campesino;
no es que sean asesinos
mas van calando en los huesos.
Elegí, no me arrepiento,
trabajar en cuerpo y mente
los campos, las intemperies
y una parte de mi mismo
que llevo desde un principio
conscientemente inconsciente.
El veinte veinte se siente
como una propia pandemia;
me acerco a la sesentena
sin temor a restricciones,
confinamientos, lecciones
o augurios en casa ajena.
No me vendan primaveras;
soy otoño y tengo hojas,
que para escribir me sobra
con la savia y los renuevos.
Si me dicen ¡no!, yo puedo
enraizarme en la sombra.
La verdad, no me conocen,
yo soy mucho más inútil
de lo que parezco. Cursi
a ratos, impostor, frágil,
atrincherado, volátil;
poca cosa, incertidumbre.
nunca fue el tiempo mi amigo;
trabajé desde muy niño
y cuando encuentro ocasión,
me tumbo por ver mejor
lo que me ofrece el destino.
Miro el mar y el monte miro,
el cielo, la tierra, todo
lo que cuando uno está solo
reclama sus prioridades.
Tanto entiendes, tanto vales;
de prestado me acomodo.
El destino es caprichoso,
la casualidad, presente;
y el futuro, si es que viene,
un convidado de piedra
que observa pero nos niega
la vista y el tacto... siempre.
Nací prematuramente
cuando nadie lo esperaba;
un hospital y una cama
fueron mi cuna primera.
Desde entonces las carreras
ni me obligan ni me calman.
Nacer con un cuerpo, un alma,
lo último en entredicho,
para encontrarse consigo
mismo, o con otros, con otras.
Todo suma, tomo nota,
y suscribo lo vivido.
Después, principio de siglo
pasadito ya de años.
No sé cuál será el amparo,
ni si el final recompensa
sudores o residencias
de ida y vuelta y de trabajos.
Tengo el cuerpo sentenciado
desde que llegué, y al tiempo,
que lluvias, calor y vientos
van menguando al campesino;
no es que sean asesinos
mas van calando en los huesos.
Elegí, no me arrepiento,
trabajar en cuerpo y mente
los campos, las intemperies
y una parte de mi mismo
que llevo desde un principio
conscientemente inconsciente.
El veinte veinte se siente
como una propia pandemia;
me acerco a la sesentena
sin temor a restricciones,
confinamientos, lecciones
o augurios en casa ajena.
No me vendan primaveras;
soy otoño y tengo hojas,
que para escribir me sobra
con la savia y los renuevos.
Si me dicen ¡no!, yo puedo
enraizarme en la sombra.
La verdad, no me conocen,
yo soy mucho más inútil
de lo que parezco. Cursi
a ratos, impostor, frágil,
atrincherado, volátil;
poca cosa, incertidumbre.