Elizabeth Flores
Poeta que considera el portal su segunda casa
Peregrina.
En una fría y densa madrugada, cuando el silencio hacía eco
en los gemidos del viento, una voz intrépida como la velocidad de la luz de un rayo,
grita. Es una niña, maldita sea. Junto a Ella,
una estrella envuelta en un manto de luto, abrazándola, se pierden
en el exilio, empuñadas por el infortunio, saboreando la hiel
de su existencia. En su alma resuena la voz que escuchó al nacer.
Voz hiriente que anuda su garganta y como látigo azota en Ella
el odio del cual su padre era preso.
Su transitar en fangos hediondos de indiferencia y hastío, lapidaba
su frágil pecho. Gigantes, monstruos y demonios combatió con el coraje de su débil fuerza; así caminaba bajo sombras de despojos, añorando una caricia, un beso, un te quiero. Inalcanzable sueño de bordar paisajes en arcoiris desteñidos, ilusorias esperanzas en muletas y espejismos escépticos y sobrios, encofrados en la amargura.
Herida, desterrada, en el hueco del insufrible dolor, apagó su mórbida voz hasta el fondo de la desdicha. ¿ Para qué la luz del sol si da igual que las tinieblas ?
La espiga de su alma declina junto a la tumba y con aroma al Hades, deambula, mendigando una migaja de aire que de vida a su monótona existencia. Ella no pidió nacer en sábanas harapientas y en cuna con almohadas impregnadas de odio que atravesaron su esencia y ahora le queda enterrar sus sentimientos como la desdichada Eco. De lo contrario, las hojas de los árboles
le cantarán esa voz miserable que un día segó su alma en la maldición del desprecio, y le dejó profunda cicatriz que no cierra, y enlaza el dolor, exprimiendo de su pecho una constante lágrima que le ahoga y apena.
Eco; de la mitología griega. Ninfa de los bosques ( Sufrió un castigo de enterrar su voz, junto a sus sentimientos ).
Elizabeth Flores.
de su existencia. En su alma resuena la voz que escuchó al nacer.
Voz hiriente que anuda su garganta y como látigo azota en Ella
el odio del cual su padre era preso.
Su transitar en fangos hediondos de indiferencia y hastío, lapidaba
su frágil pecho. Gigantes, monstruos y demonios combatió con el coraje de su débil fuerza; así caminaba bajo sombras de despojos, añorando una caricia, un beso, un te quiero. Inalcanzable sueño de bordar paisajes en arcoiris desteñidos, ilusorias esperanzas en muletas y espejismos escépticos y sobrios, encofrados en la amargura.
Herida, desterrada, en el hueco del insufrible dolor, apagó su mórbida voz hasta el fondo de la desdicha. ¿ Para qué la luz del sol si da igual que las tinieblas ?
La espiga de su alma declina junto a la tumba y con aroma al Hades, deambula, mendigando una migaja de aire que de vida a su monótona existencia. Ella no pidió nacer en sábanas harapientas y en cuna con almohadas impregnadas de odio que atravesaron su esencia y ahora le queda enterrar sus sentimientos como la desdichada Eco. De lo contrario, las hojas de los árboles
le cantarán esa voz miserable que un día segó su alma en la maldición del desprecio, y le dejó profunda cicatriz que no cierra, y enlaza el dolor, exprimiendo de su pecho una constante lágrima que le ahoga y apena.
Eco; de la mitología griega. Ninfa de los bosques ( Sufrió un castigo de enterrar su voz, junto a sus sentimientos ).
Elizabeth Flores.
25 / 10 / 2012.
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