Nat Guttlein
さん
El sonido húmedo sigue brotando de las ventanas,
me levanto de la cama,
pongo marcha y aprieto el acelerador,
que son los dos pies que arrastro hace 57 años,
y el aroma a pasados,
haciéndose caricias,
rebrota ya desde el marco de madera de mi ventana favorita.
Aquel marco que sigue siempre descarcarado,
pero que ahora gotea lágrimas oscuras,
que parecen de maquillaje,
pero que esconden simplemente la nada misma.
Levanto la vista,
y el oleaje continúa empujando.
Las olas corretean,
y parecen niños traviesos,
que se apresuran por ver quien llega primero a la meta final.
Los años me permiten aún poder hacer uno que otro paso,
aunque a decir verdad,
escasean los suspiros en mi vacío pecho.
Pero no me impiden salir a trotar,
junto con aquellas olas,
que ahora se aparecen ante mí,
y me llaman me gritan,
que vaya a jugar.
Las sigo y observo,
ante mí muchas luces que se me prenden,
como focos enormes y repletos de chispas.
Corro lo que puedo,
y las arrugas y los huesos rechinan.
Los ignoro porque aprendí a hacerlo,
y porque ellas continúan llamándome.
Si,
las olas.
me levanto de la cama,
pongo marcha y aprieto el acelerador,
que son los dos pies que arrastro hace 57 años,
y el aroma a pasados,
haciéndose caricias,
rebrota ya desde el marco de madera de mi ventana favorita.
Aquel marco que sigue siempre descarcarado,
pero que ahora gotea lágrimas oscuras,
que parecen de maquillaje,
pero que esconden simplemente la nada misma.
Levanto la vista,
y el oleaje continúa empujando.
Las olas corretean,
y parecen niños traviesos,
que se apresuran por ver quien llega primero a la meta final.
Los años me permiten aún poder hacer uno que otro paso,
aunque a decir verdad,
escasean los suspiros en mi vacío pecho.
Pero no me impiden salir a trotar,
junto con aquellas olas,
que ahora se aparecen ante mí,
y me llaman me gritan,
que vaya a jugar.
Las sigo y observo,
ante mí muchas luces que se me prenden,
como focos enormes y repletos de chispas.
Corro lo que puedo,
y las arrugas y los huesos rechinan.
Los ignoro porque aprendí a hacerlo,
y porque ellas continúan llamándome.
Si,
las olas.