Pesadilla

Carlos Gabriel Plenazio

Gabriel varón gay enfermero
La noche se ha convertido en madrugada, son las tres y treinta y tres,
el profundo sueño me ciega y me detiene manso sobre el lecho,
apenas la luz de la luna, filtra el ventanal a la planta de mis pies,
y el silencio en el cuarto invalida a los grillos por derecho.

El frio que desde el jardín de la casa trepa al balcón y a las cortinas,
patina también en la cornisa de los condominios cercanos,
tiene tinte de escarcha la soledad por la calle en sus esquinas,
y un olor a osamenta se cuela en pesadilla hacia mi cuarto.

Sobre el tejado que se asoma al paisaje desde mi santuario,
un hombre desgarbado, flaco y de semblante triste,
se incorpora desde sus cuclillas hasta su propia altura,
sinuoso y dislocado, contrastando la mesura,
que me mantiene atado sobre el lecho en mi descanso.

Mira por el ventanal y gesticula una sínica sonrisa,
me ha descubierto indefenso, pálido y dormido.

Chista una ves se agacha escondiendo la figura,
y festeja frenético frotándose las manos,
se asoma nuevamente y vuelve a chistar, logrando despertarme,
se vuelve a esconder entre los brazos de la noche,
y salta a mi balcón sin que lo descubra.

Me mira detrás de la cortina, me sabe presa fácil en el sopor del momento,
y yo semidormido y semidespierto, también a el desde mi lugar lo observo .

Antes de encender la luz de mis dominios, lo tengo sentado al borde de mi cama,
tiene los ojos vacíos , la piel marchita, como las flores del campo santo
y el alma en un espanto de lamentos y desgarros.

¿Que busca? me pregunto enloquecido por el miedo,
solo me mira aullando el pensamiento,
y desvanezco en los tendones de la noche,
para volar con el los cementerios.
 
Última edición:
La noche se ha convertido en madrugada, son las tres y treinta y tres,
el profundo sueño me ciega y me detiene manso sobre el lecho,
apenas la luz de la luna, filtra el ventanal a la planta de mis pies,
y el silencio en el cuarto invalida a los grillos por derecho.

El frio que desde el jardín de la casa trepa al balcón y a las cortinas,
patina también en la cornisa de los condominios cercanos,
tiene tinte de escarcha la soledad por la calle en sus esquinas,
y un olor a osamenta se cuela en pesadilla hacia mi cuarto.

Sobre el tejado que se asoma al paisaje desde mi santuario,
un hombre desgarbado, flaco y de semblante triste,
se incorpora desde sus cuclillas hasta su propia altura,
sinuoso y dislocado, contrastando la mesura,
que me mantiene atado sobre el lecho en mi descanso.

Mira por el ventanal y gesticula una sínica sonrisa,
me ha descubierto indefenso, pálido y dormido.

Chista una ves se agacha escondiendo la figura,
y festeja frenético frotándose las manos,
se asoma nuevamente y vuelve a chistar, logrando despertarme,
se vuelve a esconder entre los brazos de la noche,
y salta a mi balcón sin que lo descubra.

Me mira detrás de la cortina, me sabe presa fácil en el sopor del momento,
y yo semidormido y semidespierto, también a el desde mi lugar lo observo .

Antes de encender la luz de mis dominios, lo tengo sentado al borde de mi cama,
tiene los ojos vacíos , la piel marchita, como las flores del campo santo
y el alma en un espanto de lamentos y desgarros.

¿Qué busca? -me pregunto enloquecido por el miedo- (*)
solo me mira aullando el pensamiento,
y desvanezco en los tendones de la noche,
para volar con el los cementerios.
Carlos...
Entre las fantasías que ronda los sueños y los personajes que se cuelan sin pedir permiso en los mismos existe un trasfondo que parece tenebroso, pero a la vez inquietante. Un fuerte abrazo!
 

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