La doncella se despertó entre sollozos.
Estaba temblando y completamente empapada.
Se disponía a despojarse de su blanco camisón de seda, que ahora se pegaba a su piel fría.
Sentada en la cama mirando por la ventana, una luna majestuosa y el mar en calma... Comenzó a llorar.
A penas unas finas lágrimas caían por sus mejillas.
Estaba despierta.
Sus manos se tambaleaban, incapaces de permanecer inmóviles.
Cada noche el mismo sueño la envolvía.
Transcurrían las horas a lo largo del día. Pero la doncella no estaba a salvo.
Pues era su propia mente la que la mantenía presa.
Revolvía las sábanas.
Hundía su cabeza en la almohada.
Desesperada por encontrar calma.
Atrapada en sus pensamientos, la doncella temía que cayera el sol.
Como él, cuando la luna se alzaba, se hundía en lo más oscuro.
Temiendo su propio ser.
Las imágenes no cesaban ni siquiera cuando abría los ojos.
Era presa de sus miedos.
Así pasaban los días, los meses y los años...
Con una doncella de largo cabello rubio y rizado, que cubría su espalda por completo.
Con unos ojos verdes tristes y titilantes, antaño, llenos de vida y esperanza.
No sé cómo termina esta historia.
Solo sé, que cuando cierro los ojos, ahí está ella.
Sentada sobre su cama... Inmóvil, impasible...
Pero tan delicada, como un pétalo de la flor más bella.
Esperando, con impaciencia, que el sol la rescate de su tormento.
Estaba temblando y completamente empapada.
Se disponía a despojarse de su blanco camisón de seda, que ahora se pegaba a su piel fría.
Sentada en la cama mirando por la ventana, una luna majestuosa y el mar en calma... Comenzó a llorar.
A penas unas finas lágrimas caían por sus mejillas.
Estaba despierta.
Sus manos se tambaleaban, incapaces de permanecer inmóviles.
Cada noche el mismo sueño la envolvía.
Transcurrían las horas a lo largo del día. Pero la doncella no estaba a salvo.
Pues era su propia mente la que la mantenía presa.
Revolvía las sábanas.
Hundía su cabeza en la almohada.
Desesperada por encontrar calma.
Atrapada en sus pensamientos, la doncella temía que cayera el sol.
Como él, cuando la luna se alzaba, se hundía en lo más oscuro.
Temiendo su propio ser.
Las imágenes no cesaban ni siquiera cuando abría los ojos.
Era presa de sus miedos.
Así pasaban los días, los meses y los años...
Con una doncella de largo cabello rubio y rizado, que cubría su espalda por completo.
Con unos ojos verdes tristes y titilantes, antaño, llenos de vida y esperanza.
No sé cómo termina esta historia.
Solo sé, que cuando cierro los ojos, ahí está ella.
Sentada sobre su cama... Inmóvil, impasible...
Pero tan delicada, como un pétalo de la flor más bella.
Esperando, con impaciencia, que el sol la rescate de su tormento.