Luis Fernando Tejada
Poeta reconocido
En mi pesadumbre estoy álgido bajo
las penas con los cuales la vida hiere,
fluctuación dolorosa entre el placer del ayer y
la respuesta de hoy a mis caricias
sugiriendo un final apagado.
Existes, sobrevives en mi pensamiento,
eres aún aquella que profundiza
la alegría que arrima repentinamente
para desatar la tormenta
cuando asalta el deseo a mi cuerpo,
en el bosque completo de mi sangre,
con el impacto secreto de tu fuerza.
La imagen que conservo
sigue siendo la huella de mi tiempo,
en el alba eras el fulgor, la entrega,
por lo tanto- me dije-,
en la noche seguirás siendo la protección
cerrada para mantener mi cordura,
entonces continuaré
buscándote para
sumergir en la oquedad profunda
la nostalgia que se urde
con la sustancia de la frustración.
Te pienso, condensándote de la bruma excitada,
probando otros cuerpos, otras maneras de amar,
pero esperando que como bola de fuego luminoso
regreses a calentar el frío, paso a paso,
de este pequeño equilibrista que se desplaza
en la cuerda floja.
Desapareciste de mi mundo,
perfecta negrura,
silencio que se atora entre los dientes,
dejándome solo el consuelo de saber
que aunque las hojas caigan,
¡quedan los brazos!
las penas con los cuales la vida hiere,
fluctuación dolorosa entre el placer del ayer y
la respuesta de hoy a mis caricias
sugiriendo un final apagado.
Existes, sobrevives en mi pensamiento,
eres aún aquella que profundiza
la alegría que arrima repentinamente
para desatar la tormenta
cuando asalta el deseo a mi cuerpo,
en el bosque completo de mi sangre,
con el impacto secreto de tu fuerza.
La imagen que conservo
sigue siendo la huella de mi tiempo,
en el alba eras el fulgor, la entrega,
por lo tanto- me dije-,
en la noche seguirás siendo la protección
cerrada para mantener mi cordura,
entonces continuaré
buscándote para
sumergir en la oquedad profunda
la nostalgia que se urde
con la sustancia de la frustración.
Te pienso, condensándote de la bruma excitada,
probando otros cuerpos, otras maneras de amar,
pero esperando que como bola de fuego luminoso
regreses a calentar el frío, paso a paso,
de este pequeño equilibrista que se desplaza
en la cuerda floja.
Desapareciste de mi mundo,
perfecta negrura,
silencio que se atora entre los dientes,
dejándome solo el consuelo de saber
que aunque las hojas caigan,
¡quedan los brazos!
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