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Poeta recién llegado
Verdes musgos y rudas madreselvas escalan por el costado mas preciso de tu tiempo.
Eres la extraña quietud de la tierra, toda ella en la sombra de álamos postreros y carruajes de ayer.
¿Dónde te habrás ido tú que fuiste la desdicha del gigante Goliat, y el pedestal de Sión?
Donde tu que ayer encumbraste el atrio y el coloso?
Donde la que vistió la Venus del Milo?
Donde la que robaron sus ojos engarzados en el rojo horizonte de un páramo herido?
Besa el viento raudamente tu forma despreocupada, y se disgrega en fragmentos para el tiempo que marcan tus migajas.
Con cada lento giro, el hombre ha olvidado tus hazañas, piedra, hacha, lanza y estaca.
Todas ellas una, y ni una de ellas encumbrada.
Tu sombra es más dura en el olvido, y mas grata en el abraso del estío, para el peregrino que salva.
Quisiera ser quien domando el lenguaje y su bravío, te arranque del espectro empedernido en olvidarte.
Y en el arte del cincelado descubrir tu sombra de gigantes obras del tiempo.
Piedrita de orate engalanando muselinas lo mismo que el brocal, ¿quien sabe de tus andares?, quien sabe a donde vas?
Los ríos de tus duros caminos gobiernan el horizonte, disfrazando el paisaje, cementando al orbe.
Comulgas con el hombre de ruda alma; piedra y nombre, tallando la historia de tropezón y castillo
Con el brillo de tu diáfana dureza.
Canto, guijarro. Pedrusco, pedregal, quien sabe de tus andares, quien sabes a donde vas?
Piedrecita que surcas el aire de mi siesta, proyectil de mi instrumento, monumental recuerdo de este momento; olvidado antes de de comenzar.
FEDE 27/09/2012