Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
PINTURA
ANTE UN CUADRO DE DARIO MORALES
Ella,
en la pintura dormida, serena, desnuda;
mece la ausencia de un claroscuro
en el atardecer inmediato de cada tarde.
Un pie tejiendo cerros en la angustia del momento,
su mirada inyectando aullidos en el techo;
su cabello donde oculta principia
la decadente ruta hacia la lisura del color azabache.
Unas medias bajan desleídas
entre las columnas de rosados miembros
aligerando la marcha hacia el furtivo combate.
Prédica de un silencio envolvente, ensordecedor,
al mismo tiempo ausente -no hay nadie-.
Este poema no lo mira escribir, arder, retozar.
Sólo percibe el aliento acezante del amante
acariciando su piel
en la cárdena pared del lienzo que suspira.
ANTE UN CUADRO DE DARIO MORALES
Ella,
en la pintura dormida, serena, desnuda;
mece la ausencia de un claroscuro
en el atardecer inmediato de cada tarde.
Un pie tejiendo cerros en la angustia del momento,
su mirada inyectando aullidos en el techo;
su cabello donde oculta principia
la decadente ruta hacia la lisura del color azabache.
Unas medias bajan desleídas
entre las columnas de rosados miembros
aligerando la marcha hacia el furtivo combate.
Prédica de un silencio envolvente, ensordecedor,
al mismo tiempo ausente -no hay nadie-.
Este poema no lo mira escribir, arder, retozar.
Sólo percibe el aliento acezante del amante
acariciando su piel
en la cárdena pared del lienzo que suspira.
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