Frankos Roda
Poeta recién llegado
Ahí queda, enemigo mío,
la paz que deja aliviar repente,
no ha otro lugar de alejada gente
que al calor bullicio halle, solo y frío.
Maldecirás mi honra tal que en acto impío
lastrada huella, brisa cruel avente;
a oídos sordos mi paz, ira no enfrente,
tregua apelo, y si no convence, hago tuyo hastío
—lo que mente auspicia, mira, ve, y al ver, se niega—.
¡Y ya, sin más dilación, torno a disculpas
y al punto solitario del camino!
Si el piñón dio piñas, ¿dio la higuera pulpas?...
¡Mueven cielo y tierra y la tormenta, riega!...
Y si, a mi vuelta eleva dendriforme engendro,
a su sombra verde, tatuaré en su centro:
“¡Yo planté este pino!”
la paz que deja aliviar repente,
no ha otro lugar de alejada gente
que al calor bullicio halle, solo y frío.
Maldecirás mi honra tal que en acto impío
lastrada huella, brisa cruel avente;
a oídos sordos mi paz, ira no enfrente,
tregua apelo, y si no convence, hago tuyo hastío
—lo que mente auspicia, mira, ve, y al ver, se niega—.
¡Y ya, sin más dilación, torno a disculpas
y al punto solitario del camino!
Si el piñón dio piñas, ¿dio la higuera pulpas?...
¡Mueven cielo y tierra y la tormenta, riega!...
Y si, a mi vuelta eleva dendriforme engendro,
a su sombra verde, tatuaré en su centro:
“¡Yo planté este pino!”