Sedienta te retuerces en un tiempo ficticio, que no pasa.
Que permanece inmóvil.
¡Si tan solo pudieras sentir los golpes del viento!
Que estremecen los árboles que ya no crecen.
De las poesías que se mueren en papeles, inconclusas.
Como el amor tardío al que tú me trasladaste desde los confines de un olvido maldito.
Ya era tarde para eso y tú bien lo sabías, como sabe el poeta la palabra que se encaja en la secuencia de un poema casi perfecto. Único y sublime.
En pleamar me cubres con tus brazos y tus piernas se enmarañan en mi cuerpo como una madreselva que escala los costados medianeros. Grises, derruidos.
De una ciudad que se desliza como mi alma en tu cintura.
A lo lejos, el poeta observa, y una luz que se enciende en su mirada con una poesía en puerta, lista para plasmarse en un papel gastado por años de silencio.
Yo, simplemente espero.
Como cada instante de mi vida que el mar se aparte de la costa y me permita ver los rastros de tu partida.
Que permanece inmóvil.
¡Si tan solo pudieras sentir los golpes del viento!
Que estremecen los árboles que ya no crecen.
De las poesías que se mueren en papeles, inconclusas.
Como el amor tardío al que tú me trasladaste desde los confines de un olvido maldito.
Ya era tarde para eso y tú bien lo sabías, como sabe el poeta la palabra que se encaja en la secuencia de un poema casi perfecto. Único y sublime.
En pleamar me cubres con tus brazos y tus piernas se enmarañan en mi cuerpo como una madreselva que escala los costados medianeros. Grises, derruidos.
De una ciudad que se desliza como mi alma en tu cintura.
A lo lejos, el poeta observa, y una luz que se enciende en su mirada con una poesía en puerta, lista para plasmarse en un papel gastado por años de silencio.
Yo, simplemente espero.
Como cada instante de mi vida que el mar se aparte de la costa y me permita ver los rastros de tu partida.