Évano
Libre, sin dioses.
Un bar de barrio a media noche es miedo,
precipicio y cara y cruz en la vida.
Cinco o seis en la barra tragan y tragan.
Hay poca luz, no interesa que se vean los rostros,
las borracheras, la piel de jeringuillas,
los dientes podridos por nicotina, el pelo sucio,
la ropa vieja y esos ojos fijos y perdidos.
El olor es otra cosa, es tabaco, alcohol,
sudor derrotado, corrida rancia.
No hay ni una puta tía, y si hubiera, cágate,
se liaría un jaleo de la ostia
para ver quién se la lleva al huerto;
eso si no es una yonqui, porque entonces es peor.
—Apunta, que voy pelado. Vale pues.
Uno que se las pira sin pagar;
no vas a jugarte la vida por unas copas;
es probable que se líe un follón de cojones, si apuras.
Sabes que te respetan, porque los conoces de crío,
pero no te la juegues con estos cabrones.
En la mesa de la esquina trafican hasta con su madre.
¿Y qué? ¿Qué cojones hago yo?
Yo no soy poli, y ellos saben a qué se dedican.
No voy a ser yo el puto héroe, y si me chivo,
quizás vaya palante con ellos.
La mitad han pasado lustros en la cárcel;
se nota, están tensos y van a lo suyo,
a la más mínima no se salva ni el gato.
—Pásame un cigarro tío. No tengo.
Todos saben que hay que salir con el tabaco justo,
guardar algo en casa, para luego,
como en el patio de la cárcel,
porque al fin y al cabo esto es una puta cárcel,
dentro de la sociedad, pero trullo al fin y al cabo.
Palabras repetidas, como las noches del bar.
—No fumes porros aquí, tío, nos vas a joder.
—Que te follen, gilipollas.
—Oye, tú, pringao, que el camarero es colega,
y está currando, o le haces caso o te largas.
¡Joder!, si hay veces que hasta uno se siente bien,
protegido por estos. Para morirse, vamos.
Cierras, vas borracho para casa,
pisando meadas de los que te ha costado echar del bar,
oyendo música alta, a estas horas de la madrugada.
Alguna zurra le están dando a una mujer.
Llegas. No cenas, la cerveza fue la cena.
Y duermes como muerto,
hasta que te levantas para empezar otra vez.
precipicio y cara y cruz en la vida.
Cinco o seis en la barra tragan y tragan.
Hay poca luz, no interesa que se vean los rostros,
las borracheras, la piel de jeringuillas,
los dientes podridos por nicotina, el pelo sucio,
la ropa vieja y esos ojos fijos y perdidos.
El olor es otra cosa, es tabaco, alcohol,
sudor derrotado, corrida rancia.
No hay ni una puta tía, y si hubiera, cágate,
se liaría un jaleo de la ostia
para ver quién se la lleva al huerto;
eso si no es una yonqui, porque entonces es peor.
—Apunta, que voy pelado. Vale pues.
Uno que se las pira sin pagar;
no vas a jugarte la vida por unas copas;
es probable que se líe un follón de cojones, si apuras.
Sabes que te respetan, porque los conoces de crío,
pero no te la juegues con estos cabrones.
En la mesa de la esquina trafican hasta con su madre.
¿Y qué? ¿Qué cojones hago yo?
Yo no soy poli, y ellos saben a qué se dedican.
No voy a ser yo el puto héroe, y si me chivo,
quizás vaya palante con ellos.
La mitad han pasado lustros en la cárcel;
se nota, están tensos y van a lo suyo,
a la más mínima no se salva ni el gato.
—Pásame un cigarro tío. No tengo.
Todos saben que hay que salir con el tabaco justo,
guardar algo en casa, para luego,
como en el patio de la cárcel,
porque al fin y al cabo esto es una puta cárcel,
dentro de la sociedad, pero trullo al fin y al cabo.
Palabras repetidas, como las noches del bar.
—No fumes porros aquí, tío, nos vas a joder.
—Que te follen, gilipollas.
—Oye, tú, pringao, que el camarero es colega,
y está currando, o le haces caso o te largas.
¡Joder!, si hay veces que hasta uno se siente bien,
protegido por estos. Para morirse, vamos.
Cierras, vas borracho para casa,
pisando meadas de los que te ha costado echar del bar,
oyendo música alta, a estas horas de la madrugada.
Alguna zurra le están dando a una mujer.
Llegas. No cenas, la cerveza fue la cena.
Y duermes como muerto,
hasta que te levantas para empezar otra vez.
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