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Poeta recién llegado
Tarde de hierro, la venturosa o la fatídica, tarde que los prolijos trazos de un poeta entregaran a la gloria o la desdicha, según el designio de las palabras conjure y ordenen.
A la sombra de los asfódelos, nunca han sido menos temidos tus rojos émulos de oro, ni la roja herida de tu muerte ocaso; en menoscabo de la aurora.
Hay tanta saña en la noche!, y en su abraso de acostumbrado espanto, soledad; y tanta luz en tu luz ultima; tarde.
Tantos sueños en el ala de una mariposa, tantas ganas colgadas de la nada, y tantos ojos que hoy no miran lo que acaso imagino, desconociendo mi ceguera.
A veces la faz ubicua logra esconderse de los rostros mortales y llora, tan harta de prodigios y tan sola, ¡tarde que nombras y olvidas tantas veces!
¿Donde están ahora los hilares de la memoria, que fueron para mi los días y las horas, y para ti el universo?
En el mar de los tiempos hemos desaparecido, y junto a una rosa, la amarilla o la blanca, o la multicolor de tiempos postreros, adornamos la fría cárcava del sueño; olvido.
Sobre los dioses arrojas la luz que mi lenta sombra bebe de soslayo, y desangra mi cansado corazón en vejez sin tregua; tarde de horizonte y tierra.
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