POÉTICA DEL AZAR
Hace tiempo fui artesano de piedras suntuosas
y de mínimos guijarros.
Por su mansedumbre de animal inanimado
los buscaba y trabajaba
.
Los tallaba con los golpes cárdenos del crepúsculo.
Pero había reglas; muchas reglas para utilizarlos:
Holguras muy reducidas.
Tolerancias ajustadas.
Siempre se trababan sumisa, mansamente:
juntos adquirían alma. Como las palabras.
Crecían las paredes, se cerraban los brocales
de los pozos angustiosos.
La torre exhalaba su orgulloso aroma de creación más alta:
la más noble vivienda del ave.
Las húmedas calzadas de la noche relumbraban al alba.
Todo era geometría, plomada
y escuadra.
Yo no sabía que el azar me sobrevolaba.
Él era el alma.
De su mágico dedo
brotaba aquel brillo intenso de la hoja de mica,
la profunda mirada del basalto.
La unión de dos piedras
proclamaba la mística arista de sendos universos cuya unión
estaba ya trazada.
Alvéolos mínimos; cristales de cuarzo; piedras y guijarros.
Los buscaba arduamente,
con demencial saña, sangrándome los dedos, la piel magullada.
Tal que las palabras.
Busco la palabra, su forma, su alma, su encaje en el verso,
en la regla dada.
Y de nuevo me olvido que el azar las habita y las mueve:
mueve las palabras
que muestran su lado más bello en la madrugada, cuando el sueño
me alcanza.
Cuando la palabra vuela ágil y libre, como relámpago o águila
y elige su íntimo nido,
su torre señera en la estrofa, para destruirla o para habitarla.
Qué difícil la palabra,
qué rebeldes y ocultas sus almas; qué extrañas geometrías
las encajan.
Cuánta sangre del alma me exigen; qué esfuerzo violento
las proclama.
Hace tiempo fui artesano de piedras suntuosas
y de mínimos guijarros.
Por su mansedumbre de animal inanimado
los buscaba y trabajaba
.Los tallaba con los golpes cárdenos del crepúsculo.
Pero había reglas; muchas reglas para utilizarlos:
Holguras muy reducidas.
Tolerancias ajustadas.
Siempre se trababan sumisa, mansamente:
juntos adquirían alma. Como las palabras.
Crecían las paredes, se cerraban los brocales
de los pozos angustiosos.
La torre exhalaba su orgulloso aroma de creación más alta:
la más noble vivienda del ave.
Las húmedas calzadas de la noche relumbraban al alba.
Todo era geometría, plomada
y escuadra.
Yo no sabía que el azar me sobrevolaba.
Él era el alma.
De su mágico dedo
brotaba aquel brillo intenso de la hoja de mica,
la profunda mirada del basalto.
La unión de dos piedras
proclamaba la mística arista de sendos universos cuya unión
estaba ya trazada.
Alvéolos mínimos; cristales de cuarzo; piedras y guijarros.
Los buscaba arduamente,
con demencial saña, sangrándome los dedos, la piel magullada.
Tal que las palabras.
Busco la palabra, su forma, su alma, su encaje en el verso,
en la regla dada.
Y de nuevo me olvido que el azar las habita y las mueve:
mueve las palabras
que muestran su lado más bello en la madrugada, cuando el sueño
me alcanza.
Cuando la palabra vuela ágil y libre, como relámpago o águila
y elige su íntimo nido,
su torre señera en la estrofa, para destruirla o para habitarla.
Qué difícil la palabra,
qué rebeldes y ocultas sus almas; qué extrañas geometrías
las encajan.
Cuánta sangre del alma me exigen; qué esfuerzo violento
las proclama.