Ricardo José Lascano
Poeta que considera el portal su segunda casa
La amo.
Y que lo escuche el silencio del olvido,
la crispada aurora del dolor vencido,
la luz que ardida bautizó los nombres
en la esencia de las venas encendidas.
La amo.
Sépanlo. Mucho antes y la sigo amando.
Si esa vida que me toca y me atraviesa
con su canto y por ella me desangro,
de pie frente a su alma, mar entre sus pechos,
polvo y oro, que la roce eternamente, amo.
La amo.
Y que se escuche sobre los ardidos cuerpos
mordiendo las fibras de la piel humeante,
corrompiendo el origen de su estirpe,
lamiendo la herida de sus gritos de sangre.
La amo.
En su morada confinada del encuentro.
En las vertientes del sueño que no calla.
En la cúspide de su anatomía de pureza,
porque más primero Dios y por amor.
La amo.
Y que lo escuche el silencio del olvido,
la crispada aurora del dolor vencido,
la luz que ardida bautizó los nombres
en la esencia de las venas encendidas.
La amo.
Sépanlo. Mucho antes y la sigo amando.
Si esa vida que me toca y me atraviesa
con su canto y por ella me desangro,
de pie frente a su alma, mar entre sus pechos,
polvo y oro, que la roce eternamente, amo.
La amo.
Y que se escuche sobre los ardidos cuerpos
mordiendo las fibras de la piel humeante,
corrompiendo el origen de su estirpe,
lamiendo la herida de sus gritos de sangre.
La amo.
En su morada confinada del encuentro.
En las vertientes del sueño que no calla.
En la cúspide de su anatomía de pureza,
porque más primero Dios y por amor.
La amo.
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