Por el camino difícil (per aspera)

Nada Vratovic

Poeta recién llegado
Mis pasos ya no son mis pasos,
sino los del Golem
en el que la verdad de su frente ha mutado a la muerte.
Me dirijo allá donde la desesperación
apesta con más rabia:
una iglesia.
¡Una iglesia!
¡El hogar de dioses que combatiría
de creer en ellos!
Y mientras avanzo,
dando tumbos sobre tacones que ya no pueden sostenerme
y que se han hundido en barro y orines,
sin bragas (porque, ¿para qué llevarlas a estas alturas?)
y con polillas enredadas en el pelo y fantasmas a la espalda,
oigo cómo mi ateísmo se burla de mí a carcajadas.
Voy a la iglesia... ¡A la iglesia!
Y espero encontrar un sacerdote al que arañar
con una confesión.
Comulgaré
como hacen las rameras:
triturando la hostia y esparciéndola sobre mi sexo
como si fuese purpurina,
y que lenguas de vino recojan los pedazos
para llevarse así con ellos mis pecados.
Voy a la iglesia
porque el vacío del que me advirtieron al fin me ha consumido;
ha engullido cuanto conocía
y en este mundo deforme que ha regurgitado
no encuentro otro lugar al que huir.
Quiero frotarme contra la fe adherida a los bancos
donde se arrodillan los devotos
y dejarme violar
por los salmos que no repito desde los doce años.
¡Que algo me atraviese
para que pueda llorar de nuevo!
Voy a la iglesia
a oír promesas mentirosas sobre pureza
y a fingir que ésta puede renacer en mí.​
 
Última edición:
Mis pasos ya no son mis pasos,
sino los del Golem
en el que la verdad de su frente ha mutado a la muerte.
Me dirijo allá donde la desesperación
apesta con más rabia:
una iglesia.
¡Una iglesia!
¡El hogar de dioses que combatiría
de creer en ellos!
Y mientras avanzo,
dando tumbos sobre tacones que ya no pueden sostenerme
y que se han hundido en barro y orines,
sin bragas (porque, ¿para qué llevarlas a estas alturas?)
y con polillas enredadas en el pelo y fantasmas a la espalda,
oigo cómo mi ateísmo se burla de mí a carcajadas.
Voy a la iglesia... ¡A la iglesia!
Y espero encontrar un sacerdote al que arañar
con una confesión.
Comulgaré
como hacen las rameras:
triturando la hostia y esparciéndola sobre mi sexo
como si fuese purpurina,
y que lenguas de vino recojan los pedazos
para llevarse así con ellos mis pecados.
Voy a la iglesia
porque el vacío del que me advirtieron al fin me ha consumido;
ha engullido cuanto conocía
y en este mundo deforme que ha regurgitado
no encuentro otro lugar al que huir.
Quiero frotarme contra la fe adherida a los bancos
donde se arrodillan los devotos
y dejarme violar
por los salmos que no repito desde los doce años.
¡Que algo me atraviese
para que pueda llorar de nuevo!
Voy a la iglesia
a oír promesas mentirosas sobre pureza
y a fingir que ésta puede renacer en mí.​
Muy buenas líneas Nada, yo sólo nesecito mi dios personal, la iglesia es otro negocio más, te dejo un saludo con afecto.
 
Última edición:
Me encanta esta frase:

¡El hogar de dioses que combatiría
de creer en ellos!

No expresa solo un ateísmo, sino también un enfado, una rabia, hacia la invención divina; tal vez incluso el deseo de tener a quién culpar de la fragilidad y las vulnerabilidades humanas.

La imagen de alguien que desde esa posición vuelve a la iglesia, la escena misma que describe el poema, para mí demuestra el estado de absoluta desesperación con más elocuencia que cualquier otro recurso.

Muchas veces pienso que el camino del ateo a veces es más duro porque ¡qué agradable y fácil sería poder encomendar todas las desgracias a Dios y esperar su perdón infinito y su cielo!, ¡qué amable consuelo! Pero es tarde para echarse atrás.

Te deseo de corazón que el poema no sea autobiográfico.


No puedo evitar darle una segunda lectura, pero sé que esto ya es algo muy personal. Me gusta utilizar la religión como alegoría de los sentimientos y el amor: la fe y el amor ocurren igualmente ajenos a la racionalidad y la voluntad y en ambos hay una reverencia similar. Ah, volver a creer en el amor... sí, esas cosas pasan.
 
Mis pasos ya no son mis pasos,
sino los del Golem
en el que la verdad de su frente ha mutado a la muerte.
Me dirijo allá donde la desesperación
apesta con más rabia:
una iglesia.
¡Una iglesia!
¡El hogar de dioses que combatiría
de creer en ellos!
Y mientras avanzo,
dando tumbos sobre tacones que ya no pueden sostenerme
y que se han hundido en barro y orines,
sin bragas (porque, ¿para qué llevarlas a estas alturas?)
y con polillas enredadas en el pelo y fantasmas a la espalda,
oigo cómo mi ateísmo se burla de mí a carcajadas.
Voy a la iglesia... ¡A la iglesia!
Y espero encontrar un sacerdote al que arañar
con una confesión.
Comulgaré
como hacen las rameras:
triturando la hostia y esparciéndola sobre mi sexo
como si fuese purpurina,
y que lenguas de vino recojan los pedazos
para llevarse así con ellos mis pecados.
Voy a la iglesia
porque el vacío del que me advirtieron al fin me ha consumido;
ha engullido cuanto conocía
y en este mundo deforme que ha regurgitado
no encuentro otro lugar al que huir.
Quiero frotarme contra la fe adherida a los bancos
donde se arrodillan los devotos
y dejarme violar
por los salmos que no repito desde los doce años.
¡Que algo me atraviese
para que pueda llorar de nuevo!
Voy a la iglesia
a oír promesas mentirosas sobre pureza
y a fingir que ésta puede renacer en mí.​


Un estado exquisitamente plasmado. Me ha gustado mucho la alusión en latin a la frase, "Per aspera..." y a la figura de Golem como un ser incompleto, se ve que no hay cabida para "ad astra" ante ese desalojo personal.

Saludos,

Palmira
 

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