Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
Por favor ¿ porqué no miras hacias atrás?
¿Por qué no ves esas alegres plumas en la feliz danza?
Solíamos sonreír aunque percibiésemos ciertas humillaciones,
gestos desconsoladores, gestos de venganza, gestos ante la
inopinada presencia de la muerte con su grisásea máscara
con la cual arribamos a la fase no presentida.
Cuando el sudario se extendió a tus pies la dejaste ir,
ella pasó dos veces malditamente irritada.
Luego transcurrieron extensos atardeceres.
¿Te acuerdas del paseo de tarde firme?
Con los últimos rayos del sol entramos al Aeroparque.
Entre el barandal y la prolongada pista corrimos con
arrebato, con denuedo, con febril entusiasmo, a nuestras
risas desbocadas se sumaban los aturdidores motores, los
frenéticos zumbidos, la lejanía imponente.
Tu figura danzaba incesante, vibrante, esplendorosa...
Pero se gestó la aprensión, algo estranguló el aire de tus
pulmones...pero yo no lo sabía.
Al recorrer los pasillos una angustiosa luz coaguló la felicidad
y yo lo ignoraba.
De repente asomaba el pánico, tan previsible e irracional,
y yo me alarmé.
El susto y los temblores fueron desmembrando tu figura.
Te ahogabas como una niña entre el gentío apresurado.
En medio de los resonantes sonidos y de letras inintelegibles,
ibas farfullando, ibas a tientas y a locas, borbotando aquel
reflejo del desaforado y desbastador espanto.
En tu frente surcada, aquella pesadilla destruía la menor
sensantez. Tu arrellenado encanto se añejaba, tu bello
tu bello encanto se replegó como un caracol, tu bello, bello
encanto se adormeció como flor, como el cisne apresado en
sí mismo ojos de estupor arrebatado por lo atemporal.
Ser impreciso. Ser perdido en una voz sellada y suplicante.
Los ojos devorados por los cráteres del miedo y enmudecidos
por las llamas estrangulaban mi fuerza.
Era como un barco a pique y corrimos por las escaleras,
por las rampas y pasillos.
Nada se podía hacer con la desesperación ante una
existencia repentinamente precaria.
Entonces escapamos y palpé tus manos y palpé tu rostro,
fríos como el rostro y las manos de una estatua.
¿Por qué no ves esas alegres plumas en la feliz danza?
Solíamos sonreír aunque percibiésemos ciertas humillaciones,
gestos desconsoladores, gestos de venganza, gestos ante la
inopinada presencia de la muerte con su grisásea máscara
con la cual arribamos a la fase no presentida.
Cuando el sudario se extendió a tus pies la dejaste ir,
ella pasó dos veces malditamente irritada.
Luego transcurrieron extensos atardeceres.
¿Te acuerdas del paseo de tarde firme?
Con los últimos rayos del sol entramos al Aeroparque.
Entre el barandal y la prolongada pista corrimos con
arrebato, con denuedo, con febril entusiasmo, a nuestras
risas desbocadas se sumaban los aturdidores motores, los
frenéticos zumbidos, la lejanía imponente.
Tu figura danzaba incesante, vibrante, esplendorosa...
Pero se gestó la aprensión, algo estranguló el aire de tus
pulmones...pero yo no lo sabía.
Al recorrer los pasillos una angustiosa luz coaguló la felicidad
y yo lo ignoraba.
De repente asomaba el pánico, tan previsible e irracional,
y yo me alarmé.
El susto y los temblores fueron desmembrando tu figura.
Te ahogabas como una niña entre el gentío apresurado.
En medio de los resonantes sonidos y de letras inintelegibles,
ibas farfullando, ibas a tientas y a locas, borbotando aquel
reflejo del desaforado y desbastador espanto.
En tu frente surcada, aquella pesadilla destruía la menor
sensantez. Tu arrellenado encanto se añejaba, tu bello
tu bello encanto se replegó como un caracol, tu bello, bello
encanto se adormeció como flor, como el cisne apresado en
sí mismo ojos de estupor arrebatado por lo atemporal.
Ser impreciso. Ser perdido en una voz sellada y suplicante.
Los ojos devorados por los cráteres del miedo y enmudecidos
por las llamas estrangulaban mi fuerza.
Era como un barco a pique y corrimos por las escaleras,
por las rampas y pasillos.
Nada se podía hacer con la desesperación ante una
existencia repentinamente precaria.
Entonces escapamos y palpé tus manos y palpé tu rostro,
fríos como el rostro y las manos de una estatua.
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